Pattes blanches (Jean Grémillon, 1949) (III)
Hay películas que uno juraría que están escritas con sangre, rodadas como una pesadilla, vividas con gran intensidad. Pattes blanches es una de ellas. Y son escasas. Lo que es aún más raro es que este infierno no sea un simple romance. Dominada tanto en el uso del espacio como en la dirección de los actores, la obra huele menos a azufre que a soledad. Todos están solos, sean amados o no, esclavizados o libres. Jock Le Guen ha traído a la bella Odette (Suzy Delair, impecable por primera vez) a su cabaret, la ha convertido en su amante y pronto en su esposa. Pero ella solo está ahí por ese dinero que huele a pescado. El conde de Kériadec, conocido como Pattes Blanches, se convierte rápidamente en una presa para ella. El castillo, los hermosos vestidos, los muebles antiguos le hacen perder la cabeza, mientras que el hermanastro del conde, Maurice, le revuelve las entrañas. La criada, Mimi, secretamente enamorada del conde, asiste, impotente, al drama que se va gestando, desencadenado por...