Dokkoi ikiteru (Imai Tadashi, 1951)

Financiada gracias a una suscripción popular e interpretada por una compañía del Partido Comunista, la película ofrece una descripción concreta y, a menudo, terrible de la miseria de la posguerra en Japón. El compromiso político de Imai y sus colaboradores no da lugar en la película a ningún sermón ni a ninguna intervención ideológica. Se mantiene en el plano de la constatación, sobria y coherente en su forma, impresionante y convincente en su humanidad. Se percibe cierto idealismo en la evocación de la solidaridad espontánea que existe entre los vecinos del barrio. Este aspecto relativamente artificial no desentona en una película cuya inspiración se acerca al neorrealismo, al estilo de De Sica. Se sigue fielmente la lección de El ladrón de bicicletas: el deambular de un individuo desamparado y su incansable búsqueda de trabajo se describen con minuciosidad y emoción. Pero es erróneo afirmar, como se ha hecho en ocasiones, que la película acaba transmitiendo un mensaje optimista. Es cierto que el hecho de que el niño haya estado a punto de morir aleja al padre de sus intentos de suicidio, pero su situación económica y su miseria casi absoluta siguen siendo exactamente las mismas que al principio. Sin la más mínima esperanza de una solución a la vista.

Jacques Lourcelles

En “Dictionnaire du Cinéma – Les Films”

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