Pattes blanches (Jean Grémillon, 1949) (III)

Hay películas que uno juraría que están escritas con sangre, rodadas como una pesadilla, vividas con gran intensidad. Pattes blanches es una de ellas. Y son escasas. Lo que es aún más raro es que este infierno no sea un simple romance. Dominada tanto en el uso del espacio como en la dirección de los actores, la obra huele menos a azufre que a soledad. Todos están solos, sean amados o no, esclavizados o libres. Jock Le Guen ha traído a la bella Odette (Suzy Delair, impecable por primera vez) a su cabaret, la ha convertido en su amante y pronto en su esposa. Pero ella solo está ahí por ese dinero que huele a pescado. El conde de Kériadec, conocido como Pattes Blanches, se convierte rápidamente en una presa para ella. El castillo, los hermosos vestidos, los muebles antiguos le hacen perder la cabeza, mientras que el hermanastro del conde, Maurice, le revuelve las entrañas. La criada, Mimi, secretamente enamorada del conde, asiste, impotente, al drama que se va gestando, desencadenado por el odio que se profesan los hermanastros. Maurice manipula a Odette. Y, la noche de su boda, le ordena que se reúna con el conde. Será estrangulada y arrojada al mar desde lo alto del acantilado. Mimi esperará al conde en el castillo. La rapidez con la que las situaciones se desarrollan y luego entran en crisis es asombrosa. Ciertamente, en la base hay un dramaturgo de gran talento, pero es el montaje el que da la impresión de un gran baile infernal en el que los personajes bailan el vals sin pensarlo. Este cliché clásico del cine francés, el drama en la fiesta, Jean Grémillon lo regenera, lo lleva a su paroxismo en una secuencia inolvidable. Arlette Thomas, una Danièle Delorme muy lograda, aporta su ingenuidad y su dignidad que, poco a poco, contagian al Conde. Es increíblemente conmovedora en un papel a priori imposible. Paul Bernard, esta vez de nuevo con Grémillon, tiene la rigidez y las debilidades necesarias. Fernand Ledoux, en el papel de un hombre maduro desbordado por la complejidad de los demás, está perfecto. Michel Bouquet, para quien esta es su primera película (gracias, Grémillon), trasciende un personaje de matón que, sin su aportación, resultaría banal. Pero es el virtuosismo de la puesta en escena lo que reúne todos estos elementos dispares, los enfrenta entre sí con una crueldad poco común y supervisa con ternura su culminación.

Paul Vecchiali

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