Limelight (Charles Chaplin, 1951)
Penúltimo largometraje de Chaplin como protagonista. Es, en cierto modo, su testamento espiritual. Chaplin sitúa la acción en Londres, en la época de sus inicios en el cine (1914), no para narrar su juventud, sino para evocar la vejez de un artista que tiene hoy la misma edad que él. Esta fusión entre su propia juventud y la vejez de su personaje prepara el terreno, a lo largo del desarrollo de la trama, para la relación que se establecerá entre el viejo actor y la joven bailarina, cuyo amor y reconocimiento mutuos expresan el movimiento mismo de la vida en su faceta más creativa. Calvero le pasa el testigo a Terry para que el espectáculo y la vida continúen. Este gran salto al pasado que Chaplin ha decidido dar le lleva también a ciertos estereotipos del melodrama de fin de siglo que han impregnado parte de sus comedias. En Limelight ocupan lo esencial de la trama e invierten así la proporción habitual de drama y comedia en las películas de Chaplin anteriores a 1940. Aquí es el melodrama el que se lleva la parte del león. El patetismo inherente al género permite a Chaplin expresar su filosofía de vida (en aforismos tan contundentes como lúcidos), exorcizar, como artista, su miedo al fracaso, al olvido y a la muerte, y, sobre todo, poner al descubierto el corazón de sus personajes y, por supuesto, el suyo propio. El estilo relativamente primitivo de la puesta en escena encaja bien con la sinceridad agitada del autor y con su innato dominio de la narrativa cinematográfica, que mezcla con acierto el presente, el pasado y lo imaginario, y alterna, en el plano formal, la pantomima, el ballet, lo burlesco y el diálogo dramático. La película consigue así convertirse, en esencia, en un monólogo en el que el autor se dirige directamente al público, al que considera a la vez su razón de ser, un juez supremo y temible, y un amigo muy querido. Los giros de la trama se asemejan, en efecto, a los de un discurso, tan ingenuo como hábil, que despliega ante el espectador el balance de una vida. Este balance, glorioso y lamentable, cómico y patético, infinito y ridículo, es, a ojos de Chaplin, el de la propia condición humana, presente en su totalidad en este pequeño melodrama de tres al cuarto, trascendido por la nobleza y la riqueza de la inspiración.
Jacques Lourcelles

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