Le Petit Théâtre de Jean Renoir (Jean Renoir, 1969)
Es discutible afirmar que Le Petit Théâtre
sea la mejor película de Jean Renoir. Pero es menos discutible sostener que es
la que mejor culmina su obra, «la
ilustración más convincente y más estilizada de esa suerte de filosofía del
espectáculo hacia la que Renoir se ha encaminado de película en película»,
en palabras exactas de Claude Beylie. Y las palabras antes transcritas a modo
de epígrafe podrían servir de epígrafe para toda la obra de Renoir, sintetizada
por Duvallier en su conversación con Féraud. Y, con Duvallier, Renoir puede
decir: «Le Roi d’Yvetot soy yo». Prácticamente
lo dice en la introducción a este sketch.
Más arriba he hablado de Le Roi d'Yvetot
como de un sketch. ¿Lo es? La gran cuestión que plantea Le Petit
Théâtre es precisamente saber si Le Roi d'Yvetot no
«escapa» de la película, en el sentido de que su fuerza y su grandeza son tan
enormes que el espectador, cuando sale de la sala, ya no piensa en otra cosa.
Es decir, cabe legítimamente afirmar, como hizo Rohmer, que Le
Roi d'Yvetot es la película más bella de Renoir, como si esa obra
existiera per se y no como «parte» de Le Petit Théâtre. Sin
embargo, Le Roi d'Yvetot fue
concebido desde el principio como un sketch. Ya estaba escrito antes del
proyecto de Le Petit Théâtre, para ser incluido en una película titulada C'est
la Révolution, que Renoir escribió en 1966, modificó en 1968 y cuyo
apoyo rechazó en 1969 el Centro Nacional de la Cinematografía —escándalo de los
escándalos— (formaban también parte de aquel proyecto La Cireuse Électrique,
así como otros cuatro sketches que Renoir nunca llegó a filmar). Y
cuando pensamos en la película como un todo —confieso que hace falta un poco de
tiempo— nos damos cuenta de la rima perfecta. Esta historia —o anécdota, como
Renoir llama a todas ellas— rima con las otras y las completa. Si estaba el
ballet (Le Dernier Réveillon), la ópera (La Cireuse Électrique),
la pintura (Quand l'Amour Meurt), faltaba el teatro (no digo la
literatura, deliberadamente), y el teatro es Le Roi d'Yvetot. En
los otros sketches, Renoir nos conduce desde la cortina roja del escenario
de su pequeño teatro (a la italiana) hacia artificios cada vez más redoblados y
reforzados, juegos de magia y de ilusionismo en los que la convención
(palabra clave de Le Dernier Réveillon) reina
triunfante. En Le Roi d'Yvetot, por el contrario, nos conduce del escenario
a la «realidad», una «realidad» que al principio llega a ser demasiado «real» o
incluso demasiado «natural» o «naturalista». Y al final de este sketch —final
de la película— Renoir ya no vuelve a aparecer ni a mostrarse. La cortina ha
caído de verdad, en ese momento asombroso en que los personajes de la historia
—cuya existencia teatral ya habíamos olvidado— se agrupan en el centro de la
plaza —en ese momento, centro del escenario— para, cogidos de la mano,
acercarse al proscenio a agradecer los aplausos. Al introducir Le
Roi d'Yvetot, Renoir nos habla de esa historia que amaba desde niño,
nos habla de un homenaje a una virtud «hoy un poco olvidada, la tolerancia» (y
estamos en 1969, un año después de Mayo), pero también nos habla del «jeu de
boules». No olvidemos Le Roi d'Yvetot, no olvidemos la
tolerancia (nunca se ha dicho ni mostrado nada tan hermoso sobre su verdadero
sentido), pero el jeu de boules puede parecernos algo episódico. Ahora
bien, precisamente todo el episodio está construido como ese juego: la bola que
golpea a la bola que golpea a la bola. Y es Renoir quien lanza la primera; es
decir, quien inicia el juego. Es su bola la que va a rodar por el escenario y
pasa prodigiosamente a la plaza provinciana donde los provincianos juegan a ese
juego.
Tremendo golpe tiene un eco proverbial que oímos dos veces
en la película de boca del renoirianísimo Andrex (el Gaby de Toni):
«t’es cocu» (equivalencia sintética y
en argot de «afortunado en el juego,
desgraciado en amores»). ¿Puede aplicarse la expresión a Renoir? Creo que
sí, y obviamente no estoy pensando en ningún paralelismo vulgar entre el viejo
Renoir y el viejo Capitán. A quien engaña Renoir no es una mujer, sino el cine
(como nos engaña a nosotros). Después de tres sketches en los que Renoir
intentó escapar en otras direcciones, es decir, buscó en el cine algo situado
al lado de la ilusión (y he dicho tres sketches, pudiendo haber dicho
treinta películas), acaba siendo atrapado —cornudo— por la más profunda de sus
ilusiones, que es la naturalista. Y en ella, y con esa pareja de dichos,
termina la película y termina la obra, sumando su carcajada a la prodigiosa
carcajada final de toda la aldea.
Porque también nosotros somos despistados en Le
Roi d'Yvetot. Al principio (primera secuencia de la plaza), Renoir
parece haber regresado a Madame Bovary o a Partie
de Campagne, a la llamada etapa «realista» de su obra. Sublime
(aquellos movimientos de cámara), pero «pictórico». Pero cuando Duvallier llega
a casa (por primera vez), empiezan a acumularse discretamente elementos del más
absoluto irrealismo, comienza el tono de La Règle du Jeu. Para empezar, la
fabulosa criada, esa a la que vemos en un rincón besándose y que quiere ser la
Dama de las Camelias o Mesalina. Obsérvese cómo camina y, sobre todo, la manera
en que se pone a caminar cada vez que su verdad la conduce hacia su
representación (aquel sublime movimiento de cámara y aquel sublime movimiento
de ella llevando los refrescos al Capitán cuando se sabe observada —y deseada—
por él). Después, Françoise Arnoul, a quien conocemos como Madame Récamier, con
sus migraines y su petit air de
garce (y, más tarde, después del «paseo» de la criada, Renoir nos muestra,
mediante movimientos idénticos, la entrada de Isabelle, recorriendo el mismo
trayecto con un paso no menos significativo). Finalmente, la perra, esa perra
que determina la entrada de Féraud y que después puntúa todo lo que queda de
una manera tan extraña e insólita, mediante primeros planos tan extraños e
insólitos.
Pero la irrealidad aumenta en la primera cena de los tres.
La escena del pescado es casi buñueliana, tanto por el accidente que hizo que
el pescado estuviera crudo como por la reacción de la criada ante él. Solo que,
si el pescado no se podía comer, la carne de «madame» resultaba cada vez más
apetecible y, para cocinarla, Féraud pasa a formar parte de la familia. ¿Hasta
ahí el tono es grivois? No, en absoluto, y si queda algún rastro de
ello, honni soit qui mal y pense, cuando, ante los remordimientos
moralistas del médico, Isabelle le explica —en un diálogo genial— por qué esos
remordimientos están fuera de lugar: «Il
est heureux. Je suis heureuse. Et je suis heureuse grâce à toi. Alors n’aie pas
de remords». Y mientras suben al dormitorio, el Capitán baja por la alameda
y se encuentra con César, el Ardisson de La Marseillaise (todas las
convenciones renoirianas). Y es él («mon
capitaine») quien determina —a través de la historia de la cartera
olvidada— el regreso de Duvallier a casa.
Y entonces todo resulta indescriptible: la criada en la
puerta de la señora, la criada llorando a los pies de Duvallier («n’entrez pas»), el cajón con el
crucifijo, la pistola y la cartera, el «tu
as raison» de Duvallier, el desmayo de la criada, el desmayo de Françoise
Arnoul en bata.
Si alguien considera que la moraleja final es sencilla, que
piense en el regreso del Capitán a la aldea. Ya habíamos visto los cipreses,
pero solo entonces reparamos en ellos, los vemos realmente. Literalmente,
Duvallier muere y renace en ese segundo paseo en el que formula tres veces la
pregunta decisiva: «¿Qué harías si tu
mujer te engañara con otro?». Y las tres respuestas que obtiene son la
demostración al absurdo de lo absurdo de la lógica posesiva. Por
eso, cuando comprende que nadie puede darle una respuesta con sentido,
Duvallier renace y reina, señor absoluto, en ese encuadre a lo Renoir —como
solo Renoir sabía hacerlo, como solo Renoir conocía el secreto—, en el que pone
en su sitio al desdichado rival, preparado para grandilocuentes duelos. Y todos
los árboles del mundo, vistos en contrapicado, abrazan su verdad y su armonía,
con el comentario final del médico: «Capitaine,
tu es un homme extraordinaire». Después viene aquel fabuloso plano del
automóvil con los tres (y las manos de Françoise Arnoul posadas sobre el hombro
del marido y del amante), viene el plano de Françoise Arnoul con la cabeza
apoyada en el hombro de Féraud, viene el besamanos a Madame Duvallier y viene
la metedura de pata del amigo, coronada por las carcajadas de todos, apoteosis
de la cosa más hermosa del mundo. Y esa cosa más hermosa es el teatro, es el
cine (la representación), como Renoir nos recuerda al final. Una vez más, la
comedia y la vida, el drama y la vida, el drama alegre.
Se me acaba el espacio, se me acaba el tiempo y he acabado
quedándome en Le Roi d'Yvetot. Por eso solo puedo hacer cuatro preguntas y
una cita.
¿Han visto alguna vez un baile más hermoso en el cine
(algunos musicales americanos consiguieron hacerlo igual de bien, pero nunca
mejor) que el baile de los dos clochards
en Dernier Réveillon? Antes de Os Canibais, de
Manoel de Oliveira, ¿hubo alguna ópera tan delirante y tan cáustica como la de La
Cireuse Électrique, quizá el Renoir más anarquista que recuerdo
después de La Chienne? ¿Y qué es, sino la posesión absoluta de la
totalidad del cine, el sketch de Jeanne Moreau, ese largo plano fijo en
el que canta la canción que Marlene cantó en Morocco?
Última pregunta: citen una película de Renoir —una sola— que
no tenga un eco en esta, que esta no recapitule.
Para ser más sintético, voy a traducir a Beylie: «Es imposible imaginar una “salida” más
discreta y más conmovedora para una obra, obra que descansa enteramente sobre
el teatro o, más precisamente, sobre una concepción de las relaciones humanas
centrada en la teatralidad. Shakespeare y Molière atraviesan esta película.
Todo vuelve a encontrarse en ella: el irrealismo saltarín de La
Fille de l'Eau o de La
Petite Marchande d'Allumettes; el torbellino erótico de Nana;
el “guiñol trágico-cómico” de La Chienne; la “gauloiserie” tangencial de Boudu
Sauvé des Eaux; el acre perfume de Toni; la parábola
política de Crime de Monsieur Lange; el teatro de los ejércitos de La
Grande Illusion; el gran lodazal humano de La Règle du Jeu;
los cambiantes colores y resplandores de The River y La Carozza d'oro;
la gran soledad distante de French Can-can; los juegos
cruzados de Éléna et les Hommes; la flauta de Pan de Déjeuner
sur l'Herbe. Todo está presente en este “drama alegre” al que
Renoir, genial ‘meneur de jeu’,
nos invita, con una mirada tan irónica como benévola (...). Nunca como en esta
película —como él mismo dijo a propósito de la obra de su padre— se acercó
Renoir tanto “de la manera más natural del mundo al secreto del equilibrio
universal».
¿Habrá por ahí alguien tan enfadado con la vida que no haga
las paces con ella después de haber visto Le Roi d'Yvetot o —perdón— Le
Petit Thèâtre de Jean Renoir?
João Bénard da Costa
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