Monsieur Verdoux (Charles Chaplin, 1947)
La más intrigante de las películas de Chaplin; su carácter enigmático —nadie puede presumir de haber desentrañado exactamente su significado— la ha mantenido intacta y a salvo del paso del tiempo. Parte del enigma radica en la relación que existe entre Verdoux y las diversas encarnaciones pasadas de Charlot. A priori, el vagabundo y el asesino de mujeres no tienen nada en común. Un análisis más atento revela que sí lo tienen. Verdoux conserva al menos dos características de Charlot: una atenuada e inútil, y la otra monstruosamente exagerada. Al igual que Charlot, Verdoux es un ser sensible, dotado de compasión, que en ocasiones muestra un corazón bien grande. También posee el sentido de la adaptación social y la ferocidad de Charlot, tan característicos de los primeros cortometrajes. De hecho, le tiende un espejo a la sociedad: especulación diabólica, destrucción, exterminio. «Von Clausewitz dijo que la guerra era una extensión lógica de la diplomacia. El señor Verdoux piensa que el asesinato es la extensión lógica de los negocios» (comentario de Chaplin poco antes del estreno de la película). Verdoux es el producto lógico —y lúcido— de la sociedad y de la época en la que vive. Precisamente porque Verdoux es lúcido, porque se desdobla y se observa a sí mismo actuar, la película puede llegar a ser cómica. Su humor se acerca más al de De Quincey que al humor inglés tradicional y confiere a este retrato de un asesino una dimensión profundamente inquietante, sobre todo debido a esa extraña serenidad que el protagonista manifiesta en sus crímenes, durante su juicio y ante la muerte. Sin duda, se considera inocente y Chaplin, en ocasiones, no está lejos de compartir su punto de vista. La idea de Verdoux le llegó a Chaplin a través de Welles, que tenía previsto rodar una película sobre Landru. Welles le pidió a Chaplin que interpretara el papel principal. Más tarde, Chaplin se hizo cargo del proyecto e incluyó a Welles en los créditos para evitar cualquier acusación de plagio. Trabajó en el guion desde noviembre de 1942 hasta mayo de 1946. El rodaje se llevó a cabo de un tirón en 77 días, con un exceso mínimo —¡para Chaplin!— de 17 días respecto a los 60 previstos. Por primera vez en su carrera, Chaplin había utilizado y respetado un plan de trabajo. Había contado con la colaboración técnica de Robert Florey, quien sin duda fue en parte responsable de esa unidad y rapidez en el rodaje, hasta entonces desconocidas para Chaplin. Este había pensado en contratar a Edna Purviance, su primera compañera de reparto, para el papel de la señora Grosnay. No superó las pruebas y fue sustituida por Isobel Elsom. La película obtuvo un éxito comercial mediocre en Estados Unidos y un éxito de crítica en Europa. (En Estados Unidos, las reacciones oficiales, muy negativas, consumaron el divorcio entre Chaplin —acusado de comunismo— y América). Inmensamente sorprendente en comparación con lo que se esperaba de él —como, por cierto, cada uno de sus largometrajes—, Monsieur Verdoux fue esta vez demasiado lejos como para poder ser comprendida y asimilada de inmediato. Su audacia, aunque menor que la de El gran dictador, radica en la relación con su época. Se supone que la película está ambientada en los años 30, pero la inmensa consternación que refleja muestra hasta qué punto Chaplin no había «digerido» la Segunda Guerra Mundial. Entre líneas se percibe lo mucho que le afectó y le conmocionó el colapso general de los valores del mundo antiguo. A esto se suman, evidentemente, para aumentar su amargura, ciertos acontecimientos de su vida privada y las campañas a las que estos habían dado lugar. En el plano formal, su maestría sigue siendo la misma, pero con un carácter confinado, una estrechez voluntaria, una tendencia a la abstracción (en particular mediante el uso muy marcado de la litote) que encajan bien con el clima de asfixia moral de la película. Los diálogos revisten una importancia extrema: permiten, sobre todo en las sorprendentes escenas con la joven desesperada, alternar el pesimismo y el optimismo de Chaplin, captados en un equilibrio particularmente inestable. Y es también únicamente a través del diálogo como este antiguo enemigo del cine sonoro consigue dar un giro original a ciertos detalles, a ciertas escenas, como la de la florista, desconcertada por el insistente cortejo que Verdoux le hace por teléfono a la señora Grosnay. Monsieur Verdoux se caracteriza, por último, por un ingenio cómico muy negro, muy caricaturesco, que estalla, por ejemplo, en todas las escenas en las que aparece Martha Raye (su papel lo había escrito Chaplin especialmente para ella). Esto no impide que el conjunto de los retratos femeninos presente una variedad y unos matices que a menudo se han subestimado. Es cierto que Monsieur Verdoux pretende ser, ante todo, una parodia descarnada. Sin embargo, la permanente tentación humanista de Chaplin se manifiesta en ella, como un frágil destello que flota en medio de un océano de cinismo y burla.
BIBLIOGRAFÍA: André Bazin: «Le mythe de Charlot» en «La revue du cinéma», n.º 9 (1948), recogido en André Bazin: «Charlie Chaplin», Éditions du Cerf, 1973; Robert Florey: «Hollywood d'hier et d'aujourd'hui», Prisma, 1948. El capítulo «En travaillant avec Charlot» se dedica principalmente al rodaje de Verdoux. Florey se queja de que Chaplin haya añadido en los créditos, junto a su nombre como director asociado, el de Wheeler Dryden, hermanastro y mano derecha de Chaplin, que solo había trabajado como asistente. Florey destaca la aversión de Chaplin por cualquier sofisticación técnica: «Yo soy lo extraordinario de la película —decía—, y no necesito movimientos de cámara extraordinarios». También insistía en que se le filmara de cuerpo entero siempre que fuera posible, ya que interpretaba tanto con las piernas y los pies como con el rostro. Véase también la autobiografía de Chaplin. «Histoire de ma vie», Robert Laffont, 1964, en particular por sus enfrentamientos con la censura, y el capítulo dedicado a Verdoux en el libro de David Robinson: «Chaplin – His life and Art», Londres, William Collins Sons and Co, 1985.
En “Dictionnaire du Cinéma – Les Films”
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