Die 1000 Augen des Dr. Mabuse (Fritz Lang, 1960)

Tras el éxito obtenido en Alemania por las películas del marajá de Eschnapur (Das Indische Grabmal), el productor Brauner volvió a ponerse en contacto con Lang, invitándolo a rodar un remake de Die Nibelungen. Lang se negó inmediatamente (la idea le pareció disparatada), pero cuando Brauner volvió a la carga con la propuesta de un remake de Das Testament des Dr. Mabuse, se lo pensó dos veces. Y le planteó a Brauner, en lugar de un remake, una nueva variación sobre la figura de Mabuse, que lo había hecho célebre en 1922 y le había valido la prohibición de los nazis en 1933. Así nacieron Los 1.000 ojos del Dr. Mabuse, en una traducción literal, que acabaría siendo la última película dirigida por el autor de M.

Lang recordó un día que el subtítulo del primer Mabuse (el de 1922) era «retrato de una época». Y añadió: «Todas mis películas podrían llevar subtítulos idénticos. Todas son, o pretenden ser, retratos de la época en que fueron realizadas». Así pues, lo que atrajo a Lang de este Mabuse no fue la recreación de sus hazañas pasadas, sino la posibilidad de trazar un retrato de finales de los años cincuenta a través del legendario doctor, del mismo modo que el Mabuse de los años veinte había sido un retrato de aquella década, y El testamento del Dr. Mabuse, un retrato de los años treinta. Él mismo dijo: «Pensé que podía ser interesante mostrar a Mabuse treinta años después, utilizando la técnica moderna. Podía ser una manera de decir ciertas cosas sobre nuestra época: por ejemplo, sobre el peligro que corre nuestra civilización de destruirse a sí misma».

Sin embargo, aunque en esta película abundan las referencias a Das Testament des Dr. Mabuse (la película se abre evocando explícitamente el célebre asesinato en el automóvil, detenido ante un semáforo en rojo; Gert Fröbe es el eco visible del comisario Lohmann, etc., etc.), Die Tausend Augen des Dr. Mabuse parece recordar sobre todo a Spione. Como en aquella película, de nuevo es un hotel el centro de toda la acción; de nuevo es un falso inválido «el cerebro del mal» (y tampoco falta la siniestra enfermera que lo acompaña); de nuevo todo se controla a través de la televisión, mediante un personaje que todo lo ve y que, aparentemente ciego, domina el mundo a través del voyeurismo.

Empecemos por este aspecto, siempre presente en la obra de Lang, pero que aquí quizá alcanza su máxima expresión. Y pongo como ejemplo la famosa secuencia en la que el millonario estadounidense contempla la supuesta escena conyugal. La ve a través de un falso espejo, instalado, según le explican, por un marido celoso. Al principio rechaza la propuesta voyeurista que le hacen, pero finalmente no consigue resistirse a ella, tal como habían calculado sus enemigos. Solo que lo que contempla es una escena preparada para él, en la que todo es representación y engaño. Como el santo Tomás citado en la película, creyó porque vio, pero lo que vio había sido montado y manipulado. Solo quien lo ve a él (la omnipresente televisión) ve la verdad, es decir, la manera en que Travers ha caído en la trampa. Una trampa que también se tiende al espectador, que, como Peter Van Eyck, cree en la realidad de la escena y, al mismo tiempo que él, descubre el engaño. Pero si el visor oculta (la visión del falso ciego), no engaña. Una vez más, todas las señales visuales son engañosas y el único personaje que no se fía de ellas ni de lo que muestran (el falso agente de seguros) es el único que descubre la verdad.

Die Tausend Augen des Dr. Mabuse es, por tanto, una película construida sobre la ilusión de lo visto, sobre la ilusión de la imagen, permanentemente remitida a otro y a la pantalla invisible que todo lo ordena para nuestro engaño y para el engaño de los protagonistas. Los «mil ojos» (evocados ya desde los títulos de crédito) trascienden los media visuales, recurriendo a otros tantos medios artificiales (la astrología, la telepatía) para ordenar de otro modo la verdad y la ilusión.

Y aquí puede surgir una reflexión sorprendente: en una época en la que el mensaje había sido identificado con el «medio», en la era de lo audiovisual, lo que Lang pone de relieve es la separación entre el medio y el mensaje, es la ilusión de la imagen, es el voyeurismo como «bosque de engaños». Todos somos, en cierto modo, como la multitud que se agolpa ante la pantalla para contemplar el suicidio. No solo no lo ve, sino que ese suicidio era un engaño, una falsa pista para el incauto estadounidense. Por eso esos planos aislados e insólitos no hacen sino remitir a aquello que después se cuenta. Es la narración la que restituye la verdad, nunca la imagen.

En cuanto a lo demás, Die Tausend Augen des Dr. Mabuse es una revisión de los temas obsesivos de Lang, que se despide de nosotros recreando, una vez más, a través de su personaje fetiche, el imaginario de una civilización y de sus fantasmas éticos y estéticos.

João Bénard da Costa

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