Rally 'Round the Flag, Boys! (Leo McCarey, 1958) (II)

Un marido en apuros es, ante todo, una sátira muy acertada del «American way of life», un modelo que por entonces triunfaba (por lo que criticarlo era mucho más atrevido que en los años 60, cuando lo contestatario estaba muy de moda). Nunca se había ridiculizado tan bien el matriarcado americano. En pocos minutos, las frustraciones del padre de familia que vive en las afueras y la estrechez de miras de la madre ama de casa quedan plasmadas a través de situaciones divertidas y realistas. La docena de guionistas que trabaja a tiempo completo en «Mad Men» puede irse a freír espárragos. En su penúltima película, Leo McCarey no ha perdido, evidentemente, nada de su maestría narrativa.

Un marido en apuros permite al autor de La pícara puritana volver a la comedia sobre el segundo matrimonio, pero el trazo es aquí claramente más exagerado que en sus clásicos de los años 30. Los personajes son muy caricaturescos, aunque están esbozados sin la más mínima malicia. Esta cualidad es emblemática del genio, cinematográfico pero también humano, de McCarey. La influencia de los dibujos animados está casi tan presente como en las comedias de Frank Tashlin. Así lo atestiguan los decorados abstractos y coloridos, la divertidísima secuencia de la lámpara de araña, los alucinantes bailes indios de Joan Collins y el final completamente delirante. Es como si el viejo maestro quisiera dar una lección a los nuevos directores de comedia (Tashlin, Lewis, Quine, Edwards…), demostrar que él también, el genio del burlesque, el creador de Laurel y Hardy, el director de la obra maestra de los hermanos Marx (Sopa de ganso), aún sabía darse rienda suelta.

El resultado es una comedia burda en la que, a veces, se notan las costuras del guion. Cuanto más avanza la película, más esquemática se vuelve y se burla de cualquier tipo de credibilidad, ya que la lógica cómica elimina la lógica realista. Pero Un marido en apuros es también una película colorida, divertida y de gran riqueza, pues se toma su tiempo para desarrollar sus múltiples personajes secundarios. Como todas las grandes películas de Leo McCarey, es una obra eminentemente dialéctica, ya que el autor no toma partido ni por el ejército ni por la comunidad de ciudadanos, ni por el marido ni por la mujer, sino que se limita a poner en escena sus enfrentamientos, mostrando a cada uno con la misma ironía y la misma ternura, todo ello tendiendo hacia una armonía general.

Christophe Fouchet

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