You and Me (Fritz Lang, 1938)
You and Me es la última de las tres películas realizadas por Fritz Lang en América durante los años treinta, después de Fury (1936) y You Only Live Once (1937). El director siempre defendió que estas obras formaban una “trilogía social”.
La crítica ha oscilado entre dos posiciones divergentes:
para unos, estas primeras obras prolongan el universo alemán de las películas
anteriores de Lang; para otros, ya son reducibles a los códigos y convenciones
narrativas de Hollywood (y no estamos hablando de juicios de valor, sino de
juicios de hecho). La cuestión es compleja y ambos bandos esgrimen argumentos
poderosos. Por un lado, son evidentes las semejanzas entre una película como Fury
y M; en esa obra, el director recurre todavía a una imaginería
simbolista típica del cine germánico (los ejemplos más notorios son el plano de
las gallinas, después de los cotilleos locales, o la persecución de Tracy por
el número 22, con las imágenes de los linchadores superpuestas). En You Only
Live Once están la secuencia de las ranas, el final y las iluminaciones
germánicas de las escenas del intento de suicidio de Fonda. En la película de
hoy, el “canto de los prisioneros” en la noche de Navidad, el montaje inicial o
el del intento de asalto al almacén (tan semejante al de M) parecen
derivar de los mismos presupuestos estéticos.
Pero ver así la cuestión es simplificarla en exceso, del
mismo modo que también están excesivamente simplificados los argumentos de los
defensores de la tesis opuesta, que establecen paralelismos entre Fury y
They Won’t Forget de Mervyn LeRoy (película de 1937), entre You Only
Live Once y el cine negro americano de la época, entre You and Me y
otros musicales de la Paramount. Estos últimos olvidan que They Won’t Forget
fue hecha para explotar el éxito de Fury (de hecho, el propio Lang fue
invitado a dirigirla); que You Only Live Once se abre más a los códigos
de los años cuarenta que a los de los treinta (es, sobre todo, una película
precursora y no una película heredera); y que You and Me no tiene, en su
construcción, paralelo alguno con cualquier otra película de la década en
Hollywood (una de las muchas razones que provocaron su estrepitoso fracaso).
La cuestión central me parece que puede plantearse de otro
modo. A falta de espacio, la resumiré en dos afirmaciones:
a) Lo que hoy llamamos cine de Hollywood de los años treinta
rara vez es un producto típicamente americano, sino el cruce de muchas
influencias, entre las cuales una de las mayores fue, a través de la multitud
de emigrados, la del cine alemán. Los más americanos de los cineastas, tal como
normalmente han sido clasificados (piénsese en Ford o en Hawks), rara vez son
impermeables a esas influencias y, en algunas de sus obras más famosas (solo a
título de ejemplo, cito Scarface y The Informer), resulta muy
evidente la huella de lo que tan impropiamente se ha llamado expresionismo;
b) Más allá de las semejanzas coyunturales, más allá también
de métodos de trabajo muy distintos, lo que sobre todo cambió en Lang, en
América, fue una representación del héroe. Lang pudo haber mantenido (y desde
mi punto de vista creo defendible esta tesis) obsesiones temáticas y estéticas,
pero no mantuvo, desde luego, el mismo tipo de protagonistas: esos superhombres
del bien y del mal que caracterizaron su período germánico.
A este respecto, resulta muy significativa una frase de su
entrevista con Bogdanovich, cuando cuenta que, de boca de un productor de la
Metro, oyó por primera vez la expresión “John Doe” (que podría traducirse como
“Juan Nadie” o “el hombre corriente”) para caracterizar lo que debía ser el
héroe de una película americana. Dice Lang: “Creo que en esa observación hay
una especie de signo de democracia. En Alemania, bajo la influencia del poder
militar —no estoy pensando en Hitler, sino en épocas anteriores, bajo el poder
militar del emperador— y también a causa de la influencia de Nietzsche y otros,
el héroe era siempre un superhombre (hay una frase que no se puede traducir, Kadavergehorsam,
que quiere decir que hasta los cadáveres deben obediencia absoluta). Por
ejemplo, hice una serie sobre un criminal llamado Dr. Mabuse, que era un
superhombre. Aquí, en América, Al Capone no era un superhombre. En un Estado
totalitario, o en un Estado gobernado por un dictador, un emperador o un rey,
el jefe tiene que ser siempre un superhombre. No puede cometer errores —al
menos, entonces no podía—. Por eso, en esos Estados el héroe debe ser un
superhombre, mientras que en una democracia es un ‘John Doe’. Eso fue algo que
aprendí en América y que me parece absolutamente correcto”. En el fondo, es el
camino que va de Klein-Rogge a Tracy, Fonda o Raft y que, en sus últimas
películas americanas, nos da esos héroes tan inexpresivos que Glenn Ford y Dana
Andrews personificaron admirablemente. Y lo mismo sucede con las actrices:
Sylvia Sidney, protagonista de esta trilogía, habría sido una actriz impensable
en la etapa alemana de Lang.
Y ya es hora, aunque con muy poco espacio, de llegar a You
and Me, punto crucial y punto de cruce de todas estas cuestiones. Esta
película extremadamente insólita —se ha dicho que es la única comedia de Lang,
que es su única película musical— extrae gran parte de esa singularidad del
reparto de actores, sobre todo de George Raft y Sylvia Sidney. Sus rostros y
sus cuerpos introducen la disonancia suprema en una película enteramente
construida sobre la disonancia.
Lang habló muchas veces de la influencia explícita de Brecht
y Weill en esta película. Kurt Weill colaboró en ella y firmó, al menos, la
canción inicial (“You Can’t Get Something For Nothing”). Toda la película se
articula en torno a la llamada Lehrstücke brechtiana (“pieza
didáctica”). Pero, aunque a primera vista pudiera parecer que el género no
chocaría con un público tan acostumbrado a oír cantar en las ocasiones más
“disparatadas” (como lo estaba el público americano gracias a los musicales),
el choque se produjo igualmente. Y se produjo porque el público vaciló entre
los apuntes cómicos (el puñetazo de Raft al seductor, el niño que tiene que
meter el regalo, las comidas extranjeras, etc.), el tono musical (la canción
inicial, “The Right Guy For Me” y el canto de los prisioneros, que corresponden
a otros tantos momentos centrales de la película) y la acidez —casi podría
decirse negrura— que caracteriza la relación entre los protagonistas.
Ahora bien, es precisamente en esa disonancia, en esa
vacilación, donde me parece que reside el principal interés de esta película
tan desconocida. You and Me es una película que “chirría”. “Chirría” en
su imperceptible ironía, cuyo punto culminante es la demostración matemática
realizada por Sidney de que el crimen no compensa (Polly Peachum, en la obra de
Brecht, había utilizado un procedimiento análogo, pero para llegar a una
conclusión distinta: robaba más el dueño de un banco que quien lo asaltaba). La
asombrosa construcción de esa lección refuerza simultáneamente la presencia de
Sidney, reduciendo a la banda de exconvictos a niños de escuela, boquiabiertos
ante la maestra (obsérvese cómo se colocan, sentándose en los juguetes del
almacén). A partir de ahí, todos son obedientes y cumplidores, apadrinando a
Raft en su búsqueda de la mujer y en la paternal expectativa del protagonista
ante la maternidad (atención a la fabulosa composición de ese plano).
Pero “chirría” sobre todo en la relación entre Raft y
Sidney. Ni Raft es “the right guy for her” ni Sidney “the right girl for him”.
Raft, que se entregó al juego de la verdad, no le perdona la mentira; Sidney,
que se lanzó sobre Raft (ese increíble plano en el que le toca la mano en la
escalera mecánica), no le perdona que haya tardado tanto tiempo en comprenderlo
y que se pase la vida cargando maletas. La maleta que se deshace al principio
(en la secuencia del autobús) nunca vuelve a arreglarse, pero tampoco vuelve a
deshacerse. Todo queda en una especie de grisura intermedia, subrayada por Lang
mediante imágenes recurrentes de otras películas suyas, trágicas en los modelos
originales, benevolentes ahora (cuando la “banda” entra en el almacén,
descubre, en un contraplano semejante al de M, no a jueces vengadores,
sino a un patrón condescendiente; Mrs. y Mr. Levine interrumpen la noche de
bodas de los protagonistas, igual que los dueños de la pensión habían
interrumpido la de Fonda y Sidney en You Only Live Once, pero enseguida
abandonan ese tono amargo para felicitar a los recién casados).
He utilizado los términos benevolencia, condescendencia,
simpatía. ¿Son realmente los adecuados para You and Me? Por mi parte,
creo que no, y que la moral de esta fábula es una de las más terribles y secas
que Lang nos haya dado jamás. El mundo que espera a la pareja (la legalidad
almacenada) es el opuesto del evocado en la noche de Navidad de los
prisioneros. Es el mundo en el que “You Can’t Get Something For Nothing”, es
decir, en el que todo se compra y todo se vende, y todos se compran y se venden
también. Por eso el último plano de la película —el del bebé— nos muestra un
desagrado tan particular. Realmente no apetece nada entrar en un mundo así.
João Bénard da Costa
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