Scarlet Street (Fritz Lang, 1945)
Scarlet Street es
un remake de la célebre película de Jean Renoir, La Chienne, de 1931. Fue Lubitsch quien, unos años antes, tuvo la
idea de retomar esa película y convenció a Paramount para que comprara los
derechos. Al final desistió de la idea y Lang, al enterarse, los adquirió. En
el nuevo guion, trabajó con Dudley Nichols (con quien ya había colaborado en Man Hunt) y escribió que «los dos
estuvimos de acuerdo en hacer una nueva película y no una copia de la obra de
Renoir que habíamos visto en los años 30. Pretendíamos utilizar la idea en un
sentido diferente, refiriéndonos a la atmósfera de Greenwich Village y a los
personajes estadounidenses». Renoir está así en la base de esta película, como
lo estaría, nueve años más tarde, en la base de Human Desire (remake de La
Bête Humaine). Sobre lo que podría significar esta influencia, Lang
responde indirectamente en entrevistas a los «Cahiers» cuando le señalaron que They Live by Night, de Nicholas Ray, se
inspiraba bastante en sus obras: «De acuerdo. Escuchen: muchas veces he robado
cosas a otros directores y me alegro y me siento muy orgulloso si alguien me
roba algo a mí. ¿Qué significa eso, robar? Se toma una idea que se admira y se
intenta hacerla propia».
La Chienne fue una
«idea admirada» que Lang hizo suya, como demuestra fácilmente cualquier
comparación entre estas dos asombrosas películas. Porque, partiendo de la misma
historia, Renoir y Lang crearon obras completamente diferentes: la película del
francés es un análisis corrosivo y anárquico de las instituciones (la familia,
el matrimonio, la justicia, el empleo), mientras que la obra de Lang es una
reflexión moral sobre la soledad, el miedo y la culpa. Y lo que resulta
fascinante al comparar ambas películas es cómo, a partir de historias idénticas
y con pequeñas modificaciones (solo el epílogo de Renoir no pudo, por razones
obvias, conservarse en la versión de Hollywood), cada uno de los cineastas creó
una de sus películas más personales: Scarlet
Street es una de las obras más típicas del universo de Lang, en las
antípodas del universo de Renoir.
Para empezar está el título, sugerido por el propio Lang y
bastante enigmático, ya que en la película no aparece ninguna «calle
escarlata». Lang afirmó no saber exactamente qué quiso decir con él, pero más
tarde (véase el monumental ensayo de Lotte Eisner sobre el autor) admitió
haberse inspirado en un pasaje del Apocalipsis de San Juan en el que la ramera
de Babilonia se describe como una «mujer vestida de púrpura y escarlata». La
referencia es importante porque asocia inmediatamente a Joan Bennett con una
fuerza maléfica (en un contexto sagrado), atribuyendo al personaje una densidad
que va mucho más allá de lo que su caracterización puede implicar.
«Lazy Legs» (nombre que es todo un programa) no es la vulgar
«tentación de la carne» que se interpone en el destino de «Chris-Cross»
(literalmente, el hombre que tropieza). Es el abismo que va a devorar al
protagonista, en el sentido pleno de esa palabra: le devora su condición de
artista (haciéndose pasar por ella misma como actriz, asumiendo la autoría de
los cuadros, repitiendo —en la genial secuencia de la conversación con el
crítico— palabra por palabra lo que le había oído), le devora su condición de
hombre (a diferencia de la novela y de la película de Renoir, la relación entre
los protagonistas siempre queda inconclusa) y le devora su estatus moral,
transformando la fuerza del perdón de Robinson en fuerza de venganza. A
diferencia de Johnny —y en marcado contraste con él—, Bennett no actúa con un
motivo (ni siquiera el dinero o la posición social son para ella secundarios),
sino que se ve impulsada por la fuerza de la destrucción, lo cual queda patente
en la genial secuencia de su muerte, uno de los momentos cumbre de la obra de
Lang, con la transformación del llanto en risa, el giro del cuerpo de Bennett y
la forma en que el picahielos (pensado para la celebración con champán entre
Johnny y Kitty) acaba en manos de Robinson.
Es ese momento el que explica la transformación de
Chris-Cross a partir del crimen. Ese personaje sin perspectivas, como los
cuadros que pintaba, tan indiferente que acepta con tranquilidad que le roben
la autoría de los cuadros, a quien nadie miró jamás con cariño, ni siquiera
cuando era joven (como murmura en la secuencia inicial del homenaje, al
envidiar la aventura del jefe), que solo aspira el «olor de la primavera», que
tropieza con todo (tirando al suelo vasos con flores), ese personaje se
transforma, tras la secuencia abismal, en un hombre igualmente poseído. Poseído
no por el remordimiento o la culpa, sino por unos celos y un deseo de venganza
de los que nada puede liberarlo (ni siquiera el suicidio, por eso fallido).
Fritz Lang insistió muchas veces en esta interpretación de
las secuencias finales (tras el asesinato de Bennett) y es importante verlas y
escucharlas con cierta atención para percibir hasta dónde llega en Robinson esa
posesión y esa disolución (disolución que coincide, por primera vez, con la
entrada de una perspectiva en el personaje).
Cuando, tras la muerte de Johnny (Lang señaló con cierto
orgullo que, por primera vez, el Código Hays no se opuso a la ejecución de un
inocente) Robinson se derrumba en la habitación del hotel, iluminada por el
neón, lo que le viene a la memoria es la canción favorita de Kitty («Melancholy
Baby») y lo que oye como una maldición fija es el diálogo entre Bennett y Duryea
que, la noche del crimen, le hizo darse cuenta de todo. Lo que vuelve a
resonarle es el «Jeepers I love you Johnny» de Bennett, interrumpido por el
grito de Robinson «Kitty», como si la doble muerte de la pareja no hubiera
saciado ni pudiera saciar el odio y el sufrimiento del protagonista. Nada puede
acallar esas voces que regresan en el fabuloso plano final cuando ese hombre
—sin perspectiva— es engullido, cada vez más pequeño, en la inmensa distancia
de la profundidad de campo.
Ese hombre sin perspectiva. Ni sus cuadros la tenían
(«Confieso que es algo que nunca he logrado dominar»), ni su mirada. Por eso,
Edward G. Robinson nunca ve a Joan Bennett, sino solo la imagen fija que había
retenido de ella aquella primera noche y que reproduce en el cuadro final. Es
sintomático que ese cuadro comenzara a pintarse en el propio cuerpo de Bennett
(«Si quieres pintar algo, píntame las uñas de los pies»). Para Robinson, pintar
las uñas o pintar el cuerpo es lo mismo, ese impulso al que se refiere cuando
habla de su forma de crear. Es la dimensión en un solo plano, la que
precisamente excluye la dimensión cinematográfica. Si Lang, en The Woman in the Window y en Scarlet Street, asumió de forma tan
ambigua ese emblema del cine estadounidense de los años cuarenta (el retrato
dentro de la película, la imagen fija de la imagen en movimiento, como
definidora de un arquetipo del que Rebecca
y Laura son, entre tantas otras,
expresiones paradigmáticas), fue para extraer de él todas las posibilidades
especulares (The Woman) y todas las
posibilidades unidimensionales (Scarlet
Street). Contra todo el movimiento de la película, lo que queda es esa
fijeza que, para Robinson, se despliega en sonidos y nunca en imágenes. En sus
noches de insomnio no le vuelven representaciones visuales de la noche del
crimen. Le vuelven ecos: como un disco que se ha roto y en el que la aguja se
ha quedado clavada en el mismo punto.
Vale la pena terminar volviendo a la escena del crimen. A
pesar de haber oído lo que oyó, Robinson vuelve una y otra vez porque no
conseguía desprenderse de la única imagen de Joan Bennett. La encuentra tumbada
boca abajo en la cama y cambia los sonidos al compás de su imagen: la risa de
Bennett es, para él, su llanto. Solo cuando ella se da la vuelta, la nueva
imagen (fíjese en el movimiento de la cámara, en el encuadre y en la escala del
plano) destruye la inicial. Por eso, toda la imagen y su soporte material (el
cuerpo de Bennett) tienen que ser destruidos. Por eso la mata, por eso ninguna
otra imagen de ella (salvo la del cuadro y la de la reproducción del cuadro en
el periódico) vuelve a aparecer en la película. No hay imagen ingenua posible
cuando el sonido es perverso. Al pintor solo le quedan alucinaciones sonoras.
Donde acabaron los espejos, quedaron los ecos. El último tropiezo de Robinson
es el cine, cosa de imágenes y de sonidos, cosa de cosas que él siempre había
disociado.
João Bénard da Costa
Comentarios
Publicar un comentario