Elena et les hommes (Jean Renoir, 1956)
En La carroza de oro,
French Cancan y Elena y los hombres, que conforman una especie de trilogía, Renoir
devuelve su prestigio a tres formas de espectáculo: la commedia dell’arte, el
café-concierto y el guignol. Porque, en Élèna,
aunque no veamos telón, escenario ni hilos, nos encontramos en el guignol. El
guignol representa una dimensión permanente del universo de Renoir, tanto en
sus dramas (recordemos el prólogo de La
chienne) como en sus comedias. Aquí triunfa tanto en el estilo como en lo
que podríamos llamar la moraleja de esta historia sin moraleja. En cuanto al
estilo, son los mismos enredos que en La
règle du jeu, pero aún más estilizados, más audaces en el esquematismo
voluntario, lo burlesco, la bufonería. En segundo plano, en las cocinas y los
pasillos, un bullicio de criadas y recaderos, de muchachos exaltados y de
doncellas enamoradas, imita el universo ya caricaturesco de los adultos, de los
amos y de los grandes de este mundo. Esto confiere a la puesta en escena una
riqueza fascinante compuesta de arabescos y juegos de escondite suntuosamente
dispuestos en el espacio de los planos. En cuanto a la moraleja, Renoir expresa
aquí su distanciamiento de todo, y la estética del teatro de marionetas
confiere a esa distancia una expresión a la vez agradable, anodina y extrema.
Sin duda, el autor de El río, su
última obra «seria», ya no ve la seriedad por ninguna parte, salvo quizá en los
placeres del amor y la pereza. Todos los personajes son marionetas, como el
general Rollan, libremente inspirado en el famoso general Boulanger, pero los
menos ridículos son aquellos que aceptan cambiar sus ambiciones, su voluntad de
actuar y de cambiar el mundo por el simple consentimiento al amor y a la
felicidad privada. Como nada es sencillo en Renoir, hay, a pesar de todo, en
este consentimiento una melancolía, un desgarro secreto. ¿La filosofía última
del cineasta? Adoptó tantas posturas y puntos de vista diferentes sobre el
mundo que sería muy arriesgado elegir entre ellos, aunque fuera por orden
cronológico, aquel que más que los demás tuviera un valor testamentario. El
testamento de Renoir, ese Proteo, es el conjunto de sus películas y la
totalidad de su obra.
N.B. A diferencia de La
carroza de oro, que se rodó en su mayor parte en inglés y luego se dobló al
francés (para la versión francesa) y al italiano (para la versión italiana), Elena y los hombres se rodó en gran
parte simultáneamente en francés y en inglés. Esto le causó mil dificultades a
Renoir, obligado a recurrir, más de lo que hubiera deseado, a audaces
improvisaciones. En este sentido, este doble rodaje sin grandes medios
económicos acentuó sin duda la belleza específica de la película y de su puesta
en escena. «Lanzarse a rodar dos versiones sin tener dos equipos diferentes es
imposible», dice Renoir. «Si terminé Élèna,
es un milagro. [...] Era un riesgo cada día, del que me salvaba con piruetas,
con trucos de magia [...] ¡Por no hablar del final! Es un final que me vi
obligado a improvisar en un día con la canción de Greco» («Cahiers du cinéma»
n.º 78). Existen varias diferencias entre la versión francesa y la versión
inglesa titulada Paris Does Strange
Things. Esta última suprime al principio el personaje de Jean Claudio (el
compositor ayudado por Élèna). En su lugar, hay un prólogo en el que, tras unas
cuantas tomas de París, Mel Ferrer (de quien solo se oye la voz) muestra en su
biblioteca las «Memorias de Rollan» y, en un cajón, el diario íntimo de Élèna.
A lo largo de toda la acción, la voz de Mel Ferrer comentará de forma tediosa
las imágenes (cubriendo a menudo los diálogos), como si el público inglés y
estadounidense fuera incapaz de comprender por sí mismo la historia. Se han
eliminado un gran número de pequeños fragmentos de secuencias (y a menudo los
más divertidos), pero solo desaparece íntegramente una secuencia: la del duelo
de Mel Ferrer con su adversario del café. Renaud Mary (el jefe del grupo de
expertos de Rollan), que aparece en numerosos planos, es sustituido por George
Higgins (el Martínez de La carroza de oro),
que no está a su altura. La versión inglesa es, en todos los aspectos, inferior
a la francesa. Es doce minutos más corta.
Jacques Lourcelles
En “Dictionnaire du
Cinéma – Les Films”
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