Elena et les hommes (Jean Renoir, 1956) II
Aunque esta película vaya precedida de la tradicional
advertencia de que cualquier parecido entre los personajes reales y los del
filme es pura coincidencia, el personaje interpretado por Jean Marais, bajo el
nombre de general Rollan, es una de las figuras más míticas y populares de la
historia francesa de la segunda mitad del siglo XIX: el general Georges
Boulanger (1837-1891).
Héroe de la guerra del 70, vencedor en 1871 de la Comuna de
París, Boulanger fue un típico “militar político” del que, durante la década de
1880, se esperó la salvación de Francia. La popularidad que tuvo entre sus
tropas solo fue comparable a la que despertó entre las mujeres; su valentía
física era —se dice— igual a su belleza. Romántico tardío en plena Belle
Époque, esta mezcla de Sidónio y Mouzinho fue utilizada por casi todos los
sectores políticos: unos vieron en él al hombre capaz de acabar con el corrupto
parlamentarismo y devolver a Francia un Estado fuerte (“l'austérité, la
propriété, la sûreté, l'autorité”, como se dice en la película); otros pensaron
que sería el militar capaz de vengar la derrota de la guerra franco-alemana de
1870-71; unos soñaban con que restauraría la monarquía; otros, con que podría
devolver al régimen republicano el apoyo popular. Su gran momento llegó en 1889
(año en que transcurre la acción del filme), con motivo del affaire Schneebelé
(traspuesto en la obra de Renoir como affaire Vidauban), cuando fue llamado al
Ministerio de la Guerra. Pero ese momento duró poco. Conspiraciones fallidas y
la fundación del partido nacionalista (en torno a su figura y para aprovechar
su prestigio) fueron otras tantas decisiones desafortunadas que acabaron mal.
En 1890, Boulanger fue acusado de traición a la República y condenado a cadena
perpetua. Logró huir, pero al año siguiente terminó de un modo acorde con el
aura romántica que lo había rodeado en vida: se suicidó en Bruselas sobre la
tumba de una antigua amante.
Este es el trasfondo histórico de la película de Jean
Renoir, visto por el director con una mirada que no tiene nada de inocente,
aunque tampoco nada de cruel. Renoir observa con ironía a Rollan y a la Belle
Époque, pero con la ironía de quien sabe que la historia se repite y que tales
“romances” no terminaron con el siglo romántico. Quienes tanto le reprocharon,
a propósito de esta película, haber hecho un divertimento gratuito, totalmente
desligado de la realidad de los años cincuenta, estaban sin duda muy distraídos
respecto al clima de la Francia de entonces y de lo que ocurriría en un cercano
13 de mayo. En 1958, como en 1956, “un chef, une autorité” estaban plenamente a
la orden del día.
Si he comenzado por llamar la atención sobre este punto es
porque sobre él pesó una distracción general y porque Renoir bien pudo haber
sido premonitorio. Pero, evidentemente, no es eso lo más importante. De hecho,
Rollan es solo uno de los hombres que orbitan en torno a Elena. Y Elena es el
centro de la película, con los hombres que se mueven a su alrededor: el
profesor de piano, el magnate del calzado, Henri de Chevincourt (uno de los
personajes masculinos más ambiguos de Renoir), el general e incluso el
asombroso Eugène (hijastro excesivamente “marital”). Si todo gira (en sentido
literal y figurado) alrededor de Elena es porque ella es el punto de
convergencia de las dos grandes comedias que, como en La règle du jeu,
constituyen una vez más el núcleo de esta obra excepcional: la comedia del
poder y la comedia del amor. Elena, que sueña con servir a Francia a través del
general, que sueña con servir a la familia a través de los zapatos de Martin y
que sueña con servirse a sí misma a través de Henri (prolongando así la
historia del pobre príncipe polaco, su primer marido, que también, fatalmente,
mezcló política y amor), es siempre falsa y sincera en todos esos registros:
personaje bifronte, como todas las mujeres de Renoir, hermana siamesa de otra
Elena que es ella y no lo es, pierde y gana en sus distintas estrategias y
acaba enredándose en los vericuetos de la intriga que intenta dirigir: empuja a
Rollan a los brazos de Mme Escoffier, frustra su sueño de desempeñar un gran
papel político, rompe con Henri, actuando y no actuando, arrastrada por su
propia comedia hacia el único personaje que supo “ponerla en escena”.
¿Es este juego de amores cruzados (que se desdobla en el
juego Héctor-Lolotte-Eugène-Denise y en el juego entre el compositor y el
zapatero) una farsa? ¿Lo es la historia política, con sus conspiradores, sus
políticos y su pueblo de cartón piedra? Si lo es, lo es en el mismo sentido que
las grandes comedias y óperas del siglo XVIII en las que, una vez más, Renoir
se inspiró. Quizá sea discutible —piénsese en La règle du jeu, La
carrozza d’oro, Le testament du docteur Cordelier— afirmar, como
Godard, que esta es “la película más mozartiana de Renoir”. Pero lo sea o no,
lo que parece indiscutible es que la obra se sitúa, una vez más, bajo la
inspiración de Mozart. Las persecuciones, el cruce constante de personajes, los
asombrosos segundos planos (sobre todo en las secuencias inefables de la
mansión de Martin y de la casa de mala fama de Rosa La Rose) proceden
directamente del teatro y de la música de Las bodas de Fígaro o de Così
fan tutte, del mismo modo que Elena es la única sucesora contemporánea de
Rosina y Fiordiligi. Solo que, en esta película, también interviene ya el
universo mágico de La flauta mágica: es el universo introducido por los
gitanos y, sobre todo, por ese plano del muchacho tocando el clarinete, quizá
el más genial de toda la obra de Renoir.
Y quien piense que todo esto es fútil, que no es más que un divertimento
inconsecuente, tendrá que pensar lo mismo de las óperas de Mozart (y, de hecho,
durante mucho tiempo se pensó así): porque esta “fantasía cinematográfica”, en
su construcción y en su “ligereza”, no nos presenta jamás títeres ni
caricaturas, sino personajes de carne y hueso, plenos, cuya historia —nada
ligera— podría seguirse con resultados sorprendentes. Todos los personajes
están trazados en toda su amplitud, con una verdad tanto mayor cuanto más se
los trata como “marionetas”. Como se dice en la película, la “ligereza” es una
forma de civilización. Como se insinúa en ella, el azar es otro nombre de la
providencia divina.
Y la canción final (“Oh nuit je te fais serment — d’oublier
mon amant”) no hace sino conducirnos, en esta historia marcada por el signo de
Eloísa y Abelardo, hacia el otro gran tema de Renoir: la impotencia masculina y
el aislamiento final de la mujer.
João Bénard da Costa
Comentarios
Publicar un comentario