The Golden Coach (Jean Renoir, 1952)
La obra maestra absoluta de Renoir. La más refinada y europea de todas las películas. Los motivos de admiración son aquí innumerables: una construcción en actos aún más hábil, en su genial simplicidad, que la de La regla del juego; un uso refinado y magistral de la profundidad de campo en el teatro, en el palacio del rey y, sobre todo, en el apartamento de Camilla; el esplendor armonioso de los colores, y esa luz clara y dorada que nunca más se ha vuelto a ver en una pantalla. Es más fácil amar esta película (que se puede volver a ver cien veces con el mismo placer) que penetrar en su corazón. Sin duda, este se encuentra en el carácter proteiforme del personaje de Camilla, retrato a la vez de la condición humana según Renoir, del propio autor, de sus aspiraciones y de su visión del mundo. Proteo: símbolo y encarnación del deseo fáustico de vivir varias existencias. Camilla siente con plenitud, con una intensidad desgarradora, la llamada de la exuberancia de la vida; pero también siente su frustración. Una vida es muy poco. Todas las vidas, es imposible. Entre ambas, o más bien más allá de ambas, está el teatro, ese espejismo encarnado, ese remedio contra la melancolía y todas las frustraciones. Es cierto que Renoir rinde homenaje al teatro, pero sería un error limitar el sentido de la película a ese homenaje. El teatro aparece aquí, evidentemente, como realidad concreta (Renoir no expresa nada que no pase primero por lo concreto), pero sobre todo como metáfora. Es el receptáculo de todas las aspiraciones humanas a la totalidad, a la plenitud; es el espejo del alma sensible y ávida de la heroína y de la de su autor. Representa una superación, aún real, de la realidad: el teatro o la metempsicosis preferida del occidental. Síntesis de las artes plásticas y el arte dramático, música y confesión íntima, La carroza de oro es una de esas pocas películas que permiten creer en la superioridad del cine sobre todas las demás artes.
N.B.: La película existe en tres versiones: inglesa, francesa e italiana. La versión inglesa debe considerarse, en sentido estricto, como la original, ya que en ella se escucha el sonido directo del rodaje. Sin embargo —pues todo es paradoja en Renoir—, la versión doblada al francés nos parece muy superior. Las voces son más variadas, más pintorescas, más divertidas y, por así decirlo, más «concretas». Añaden a la elegancia y la ironía mesuradas del diálogo un elemento picaresco del que ya no se puede prescindir una vez que se ha probado. Los actores que se doblan a sí mismos (Anna Magnani, Odoardo Spadaro) están aún mejor en su doblaje que en su interpretación original. En cambio, Jean Debucourt, en la versión inglesa, está horriblemente mal doblado. En cuanto a la versión italiana, tiene el mérito de hacer hablar a Anna Magnani en su lengua original. Sin embargo, como versión doblada, parece menos colorida y menos variada que la versión francesa.
Jacques Lourcelles
"Dictionnaire du cinéma - Les Films"
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