Ruby Gentry (King Vidor, 1952)

Seis años después de los conflictos de Duelo al sol, Vidor vuelve a trabajar para Selznick. Esta vez, el entendimiento es perfecto. Vidor se felicitará por la libertad que le concede su productor, quien ni siquiera intentará ejercer influencia alguna sobre su talentosa esposa, Jennifer Jones, y permitirá al director firmar una de sus obras predilectas. Al ilustrar el carácter trágico de los amores apasionados e imposibles tan querido por Selznick, Vidor realiza al mismo tiempo una obra profundamente personal. El erotismo de unos amantes encendidos hasta el límite por un clima de violencia, los prejuicios, el puritanismo y la estrechez de miras que imperan en la pequeña ciudad, así como la frustración de esos mismos amantes, a la que la fatalidad a veces añade una intensidad suplementaria, proporcionan a Vidor una materia idónea para alimentar su gusto por el delirio y la desmesura. La particular originalidad de la película reside en que el autor se abandona por completo a sus demonios habituales, pero manteniendo un tono de frialdad clásica, una contención estilística que casi haría olvidar que la intriga avanza a un ritmo vertiginoso, al margen de toda verosimilitud, y que los personajes viven en plena irracionalidad, obedeciendo únicamente a sus instintos y a sus sueños. Para Vidor, el carácter a la vez absoluto y trágico de las pasiones y de los instintos humanos existe en una perfecta intemporalidad. Estas pasiones arden desde siempre, son tan jóvenes o tan antiguas como el barro del pantano en el que Vidor rueda una de las secuencias más célebres de toda su carrera. Un pantano reconstruido en estudio por Selznick, a imitación de los —muy reales— de Hallelujah. Pero también es característico del estilo de Vidor utilizar alternativamente, según las secuencias y las películas, los caminos opuestos del artificio o del realismo para alcanzar esa verdad central del ser humano, ajena al tiempo y a las modas, que siempre ha perseguido. Su gran empeño es mostrar la ambivalencia del deseo, ese rayo que une a un ser con otro o a un ser con su propio sueño, ese elemento a la vez destructor y creador, capaz de levantar imperios para derribarlos al instante siguiente.

Jacques Lourcelles

"Dictionnaire du cinéma - Les Films"

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