Ruby Gentry (King Vidor, 1952) II
Este es el segundo filme de King Vidor con Jennifer Jones, después del genial Duelo al sol. Y es, al igual que aquella célebre obra, una película sobre el Bien y el Mal, sobre los conceptos que tenemos de uno y otro, sobre la fusión del mundo de los elementos con el mundo de las pasiones, sobre el diablo y la carne, sobre Dios.
Para hablar de Ruby Gentry, historia de una mujer
nacida, como Pearl Chavez (la protagonista de Duelo), “en el lado
equivocado de las vías”, empezaré por ceder la palabra a King Vidor
(entrevistas recogidas en el hermoso libro de memorias A Tree is a Tree).
A quien le señalaba que en sus películas las cosas suceden
muy deprisa (un solo plano basta para decidir a personas a casarse, a matar, a
entregarse), Vidor respondió: «Depende de las personas, pero creo que, en
general, cada uno sabe muy pronto cuáles son sus sentimientos y cuáles son sus
intenciones. Es mi punto de vista. Creo en la intuición. Entre seres humanos,
las barreras caen deprisa (…) existe una especie de alquimia que hace que todo
se resuelva muy rápidamente. Creo, también, en la intervención de un Ser
Supremo, de la superinteligencia que rige el mundo. Muy pronto se sabe cuáles
son las preguntas y cuáles son las respuestas: no hay lugar para vacilaciones.
Di pronto sí o no debería ser la divisa de los que se aman (…). La inteligencia
superior de Dios nos oculta ciertas cosas (nuestra inteligencia limitada no
puede comprenderlas). Si confiamos en ella, sin intentar acceder al nivel de
esa inteligencia superior, nos equivocamos aquí y allá. Si hay cosas que son
distintas de lo que pensábamos hacer, es porque son ellas las que contribuyen a
nuestra felicidad, porque Dios gobierna todas las cosas y hace reinar la
armonía. Podemos tener una vida caótica: corremos en una dirección, luego en
otra. Hay días en que estamos bien, otros en que estamos mal. Pero solo porque
no podemos comprender el modo en que Dios crea la armonía de la vida. Esta es
la base de mi creencia.
La Biblia nos dice que Dios hizo al hombre a su imagen y
semejanza. El Bien es, por tanto, permanente. La única realidad es el Bien. Las
dificultades temporales del hombre son creadas por su negativa a reconocer sus
propios límites y por su deseo de superarlos. El hombre, los pobres hombres que
somos, no pueden ver toda la verdad: no pueden juzgar ni juzgarse. Todo lo que
pueden hacer es aceptar su suerte y seguir viviendo así».
El espectador que conozca Ruby Gentry (o que lea esto
después de ver la película) puede preguntarse cómo se articula esta ética con
el filme, aparentemente centrado en una mujer magníficamente sensual (obsérvese
ya el primer plano de Jennifer Jones a contraluz) y en el deseo de Ruby Gentry
por Boake Tackman. Pero, si lo piensa mejor, comprobará que Ruby Gentry
es exactamente una película sobre esa “alquimia” (de ahí el asombroso erotismo
de esta obra, como de toda la obra de Vidor); sobre amantes que dudan (Charlton
Heston explicando a Jennifer Jones por qué va a casarse con otra, aunque siga
merodeando por allí); sobre el sentido oculto de las cosas, que confiere todo
su valor a la imagen del pantano (obsesión vidoriana, en la medida en que reúne
los elementos fundamentales, agua y tierra, “de cuyo valor simbólico me
aproveché inconscientemente”, dijo Vidor, que a propósito de estos símbolos
vuelve a citar la Biblia y a Jung); sobre el ruido de la bomba (“controlar el
agua, hacerla brotar, es algo fundamental. Si no siempre todo lo que hago es
totalmente consciente, tengo siempre la conciencia de expresar algo
fundamental”); y sobre el tema del amor físico, en la explosión del deseo (o en
la “furia del deseo” de que habla el redundante título portugués) que “estalla”
entre Jones y Heston (“el carácter primitivo, y más que primitivo, de las
relaciones amorosas”).
Ruby Gentry es una película sobre la tierra y el agua
(los pantanos), sobre el deseo y el pecado (introducido en el filme por el
asombroso personaje del hermano). Entre Jones y Heston (como Bogart decía a
Bacall) bastaba un silbido (obsérvese la portentosa luz de esa secuencia). Pero
entre esa intuición o esa alquimia se interpusieron las razones de los hombres
y de las mujeres: un manoseo se paga con una bofetada, un matrimonio de
conveniencia con otro matrimonio de conveniencia.
Por eso la muerte se introduce en la película (la
extraordinaria secuencia del mar con la muerte de Malden) y la primera cacería
se convierte en la segunda.
Cercada por todos los lados, Jennifer Jones (“no other woman
like her”) opone a la “furia de la ciudad” y a la traición de Heston la
destrucción de todo lo que antes había sido armónico. Una mujer “so sweet, wild
and crazy” es tratada de “little tramp” y los pantanos son drenados, el ruido
de la bomba se detiene.
Y así se prepara la genial secuencia final: como en el
paraíso o en el infierno, rodeados de brumas, los amantes (y uno piensa en
Mizoguchi para encontrar una densidad comparable) son perseguidos por la voz de
la imagen que no ven, como el primer hombre y la primera mujer lo fueron por
Dios. Todo es principio y fin, origen y caos, hasta la muerte-crucifixión del
hermano de Jennifer y el interminable plano en el que ella mece contra sí, en
las aguas del pantano, el cuerpo muerto de Charlton Heston.
El mundo, ya de por sí explosivo pero armonioso, que existía
hasta la muerte de la anciana, se quiebra cuando esta muere y con el fabuloso
picado sobre el matrimonio. A partir de ahí lo que interviene es el progresivo
ahogamiento y la imposibilidad de que “mañana sea un nuevo día”. Es en las
tinieblas donde los amantes se reúnen (fabulosa elipsis) antes de ese último
encuentro que ya solo puede ser de muerte.
Una vez más, en esa genial secuencia final, Vidor alcanza el
núcleo del cine operístico y excesivo que es la cuerda más vibrante de su obra.
Muchos (como suele suceder con el cineasta de El manantial) rechazan ese
exceso: en lo que a mí respecta, en esa secuencia de los amantes expulsados y
en ese plano en que Jones mece contra sí el cuerpo de Heston y le da el último
beso, sumergidos en el agua primordial, está todo lo que entiendo por cine.
La Biblia dice: «Los campos estaban listos para la siembra,
para sembrar». Dicho de otro modo, y sean cuales sean nuestros deseos, debemos
saber cuándo todo está preparado para sembrar. Hay que avanzar, para sembrar.
Así terminan las memorias de Vidor, así termina Ruby Gentry, historia de
una mujer que avanzó y a la que destruyeron la cosecha y la vida. Quedaron “la
sombra, la luz, el movimiento”. La tierra, el agua, la unidad perdida en las
brumas de aquel “bosque prohibido”. Y el último plano es el de la soledad de
una mujer, esa fabulosa Jennifer Jones, Ruby, la que dijo: «What have I done?».
João Bénard da Costa
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