French Cancan (Jean Renoir, 1955)
Tras quince años de andanzas, Renoir regresa a Francia para
rodar. «French Cancan respondía en
mí, declaró (en «Cahiers du cinéma», n.º 78), a un gran deseo de hacer una
película con un espíritu muy francés, que pudiera ser un contacto fácil y
cómodo, un puente agradable entre mí mismo y el público francés.» Hereda un
proyecto destinado a Yves Allégret que reescribe por completo y en solitario.
En esta película «fácil» y sin ambición aparente, inspirada en la vida del
verdadero fundador del Moulin-Rouge, se refleja, sin embargo, gran parte de su
filosofía y de su paleta. Renoir pinta una vez más un clan, un mundo muy
homogéneo en su pintoresquismo y su diversidad, y que, sin constituir una
sociedad secreta propiamente dicha, posee sin embargo, al igual que las
diferentes clases sociales evocadas en La
gran ilusión, sus propias reglas y su propio territorio. En los dos polos
de la sociedad, el príncipe y el panadero se quemarán los dedos, aprendiendo
por las malas y con gran tristeza que no forman parte de ella («En la selva,
los animales se agrupan en familias, en clanes, no se mezclan so pena de
muerte. He metido las patas donde no debía», dirá el príncipe tras su
suicidio). El clan que aquí se describe no es el del Teatro con T mayúscula,
como en La carroza de oro; es el del
espectáculo en sus formas más populares y modestas: music-hall, café-concierto,
cabaret y todo lo que unas décadas más tarde se llamará «variedades». Más aún
que por los actores, Renoir se interesa aquí por el organizador del
espectáculo, por el director, por la eminencia gris de la fiesta. Esto da una
idea de lo cerca que está esta película de él. Los colores, sensuales, vivos y
variados a más no poder, recrean, en un homenaje al impresionismo, un mundo ya
antiguo, resucitado por el recuerdo. No hay lugar para la sensiblería, pues la
crueldad siempre acompaña a la nostalgia, pegada a ella como su sombra. La
dirección de actores logra ese milagro constante, característico del estilo del
autor, de dar vida a personajes en los que —esa es la faceta moralista de
Renoir— nunca se olvida al títere, apenas oculto tras las alegrías y las
tristezas que lo animan. El movimiento, por fin, el sacrosanto movimiento, por
frenético que sea, surge, como en John Ford, de una sabia acumulación de planos
fijos. La cámara tiene la modestia de moverse lo menos posible, y siempre con
buen criterio, y siempre de forma subrepticia. El movimiento, en las últimas
películas de Renoir, pertenece a los cuerpos, a los sentimientos, más que a la
técnica.
Jacques Lourcelles
“Dictionnaire du
cinéma – Les Films”
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