French Cancan (Jean Renoir, 1955) II
En la filmografía de Renoir, French Can-Can sigue a La
Carrozza D'Oro y precede a Elena et
les Hommes. Fue la primera película que Renoir rodó en Francia tras su
regreso a su patria, de la que había estado ausente (en Estados Unidos y la
India) durante once años, de 1940 a 1951. Tras las amargas obras realizadas en
Estados Unidos, que lo alejaron definitivamente del realismo que le había
atraído a finales de los años 30, y tras esa película, en cierto modo singular
en su carrera, que fue The River
(1951), Renoir inició con La Carrozza
sus grandes meditaciones finales sobre el espectáculo («la comedia y la vida»)
y sobre el arte como «gran ilusión». French
Can-Can es un hito fundamental en esa dirección, siendo también «la primera de sus grandes ‘diversiones’
finales». La acción de la película se sitúa en 1888 y se inspira en la vida
de Ziegler, el fundador del Moulin Rouge, el hombre que lanzó el can-can.
Renoir volvió a reunirse con Jean Gabin, el actor de Les Bas-Fonds (36), La
Grande Illusion (37) y La Bête
Humaine (38). Y —según él mismo dijo— «amo
French Can-Can porque me dio la
oportunidad de volver a trabajar con Gabin. Para mí fue un regreso al pasado
(…) Le doy las gracias al cine por haberme proporcionado ese reencuentro».
Aparentemente, esta afirmación resulta extraña, ya que French Can-Can parece estar en las
antípodas de las películas citadas, tres de las obras que más contribuyeron a
la imagen de Renoir como realista y comprometido, imagen que durante tanto
tiempo se confundió con la propia imagen de Renoir. Pero, volviendo sobre todo
a su película más famosa —«cette sacrée Grande Illusion», como también dijo
Renoir—, la obra que vamos a ver, sin tener nada que ver con ella, en un primer
plano, retoma explícitamente uno de los momentos más célebres de esa película.
Se trata de la tan citada secuencia de «La Marsellesa» que en La Grande Illusion (cantada por los
prisioneros franceses, durante una representación teatral, cuando se enteran de
una victoria militar de sus tropas) marcaba un momento álgido de «emoción
patriótica», y regresa en French Can-Can
(durante la visita del ministro) como un momento circunstancial, marcando la
gran pelea entre María Félix y Françoise Arnoul que se convierte en una pelea
generalizada.
No fue, sin duda, por casualidad que Renoir retomó una de
sus secuencias más famosas para desmontarla desde dentro y dotarla de un
significado tan diferente. El lado «humain,
trop humain» que caracterizó la película de 1937 —y que debía mucho a la
presencia y la interpretación de Jean Gabin— se desmonta en French Can-Can, con el mismo actor,
ofreciendo sobre todo en el espectáculo otra ilusión: la que consiste, como se
dice en el diálogo de la película, en creer que solo el espectáculo permite
acceder a la grande vie y se
sustituye y confunde con ella. Esa es la «ilusión» (de naturaleza diferente,
pero de esencia similar) que justifica al personaje de Gabin en esta película,
para quien todo (el amor, las mujeres, la amistad) no eran más que formas de
crear esa ilusión de vida, que solo se completa en el espectáculo
complementario. La famosa frase de Gabin, en la inauguración del Moulin Rouge,
cuando le explica a Françoise Arnoul lo que son para él las mujeres, el amor y
el espectáculo (y que convence a Nini de «salir a escena»), será, vista desde
esa perspectiva, uno de los momentos más confesionales del cine de Renoir,
oponiéndose esa ilusión total (que, lato
sensu, es la del creador) a la ilusión que el príncipe había buscado en su
noche de amor con Nini. El príncipe deseaba la «ilusión del amor» para tener un recuerdo con el que quedarse.
Fracasa, así, la relación con Nini, como antes había fracasado su propia
muerte. Solo le queda «desaparecer de escena» dejando en ella los atributos
(«el décor») de la ilusión de poder que se le había asociado. Y es en el más
visible de esos atributos —la silla, el trono— donde Gabin se sienta para
escuchar (sin ver) el éxito de su «girándula final». Los primeros planos de
Gabin entre bastidores, insertados en la genial secuencia del «can-can»
(mientras el empresario esboza con el pie el movimiento del baile), son el
asombroso contrapunto de la «ficción ideal» que se desarrolla en el escenario.
Al mismo tiempo, el creador está fuera y dentro de esa ficción. Ya no necesita
ser voyeur (como el de fuera, poco
antes, cuando espiaba con Nini, pero desde el lado opuesto, a su nuevo
descubrimiento, Esther Georges), puede «dirigir», de forma invisible, ese orden
que es, para él, el único que cuenta.
Así, la visión de Renoir en esta película es siempre la de
alguien que se encuentra entre bastidores (secuencia inicial, con el plano
subjetivo sobre María Félix), sabiendo que ese es el único lugar que permite
una visión más cercana y serena. Por eso, también esta película, que transmite
una sensación de movimiento tan asombrosa, es una película en la que la cámara
apenas se mueve (casi todos los planos de la secuencia final son fijos y el
movimiento es el de los actores). El punto desde el que se ve es casi siempre
único, abarcando en su totalidad los decorados teatrales, de cartón-piedra
(Montmartre, las colinas, la conversación entre Nini y el príncipe junto al
árbol, etc.) e imponiendo el carácter ficticio de todas las puestas en escena
(las pequeñas-grandes pasiones de los intérpretes, ya se refieran al amor y a
los celos, ya se refieran al poder) frente a la única que finalmente reina: la
puesta en escena de la propia película, la del espectáculo que lo es todo.
Sobre las apariencias de lo real, solo subsiste la realidad de la apariencia.
João Bénard da Costa
«Folhas da Cinemateca
– Jean Renoir», Cinemateca Portuguesa – Museu do Cinema, Lisboa, Setembro de
2005, pp. 153-155.
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