Winchester ’73 (Anthony Mann, 1950)

Primera obra del ciclo de los cinco westerns de Mann protagonizados por James Stewart, cuyo conjunto constituye la más hermosa «defensa e ilustración del western moderno» que pueda encontrarse a lo largo de toda la historia del género. La fuerza y la novedad de la película son ante todo de orden estilístico. En el plano de la construcción del relato, el itinerario circular del rifle universalmente codiciado sirve de introducción y de elegante pretexto para una serie de variaciones contundentes y extraordinariamente densas sobre los temas de la violencia, la venganza y el odio casi bíblico que se profesan dos hermanos enemigos. En el plano visual, la agudeza de la fotografía en blanco y negro —en la que dominan ampliamente las escenas nocturnas—, el uso de la profundidad de campo y de los movimientos de cámara, así como la puesta en valor dramática y trágica de los paisajes, constituyen algunos de los elementos de la ya asombrosa madurez del estilo de Mann en este género que era nuevo para él (Winchester 73 no es sino su tercer western). Los personajes no poseen todavía la profundidad moral y psicológica que habrían de adquirir en las etapas ulteriores del ciclo. El maniqueísmo aparece relativamente estricto y carente de matices. Mann busca aquí esencialmente utilizarlo como ingrediente de la depuración trágica a la que quiere llegar. Más adelante afinará ese maniqueísmo, lo matizará y acabará por destruirlo por completo. Algunos destellos de violencia salvaje en James Stewart anuncian ya la ambigüedad y la complejidad del personaje en sus desarrollos futuros. Después de Pursued de Walsh y de esta película, el western entra en la fase decisiva de su evolución. El virtuosismo queda definitivamente al servicio de la más extrema gravedad. El western podrá ya contar la historia entera del hombre; remontarse a los orígenes de su psicología —de sus psicosis— y de su moral, describir la génesis de las sociedades que ha querido construir y todo aquello que ha debido sacrificar o sublimar para lograrlo.

Jacques Lourcelles

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