The River (Jean Renoir, 1950)

Tras pasar varios años en América, que no constituyen un periodo crucial de su obra desde el punto de vista creativo, Renoir no regresa directamente a Europa (donde rodará las pocas películas fundamentales que pondrán fin a su carrera). Hace un desvío por la India, sobre la que no oculta que posa una mirada occidental, y de allí trae esta magnífica película que marca a la vez una pausa en su obra y una ampliación filosófica de sus perspectivas. El río es representativo de la doble ambición que anima a los más grandes cineastas de la posguerra: adentrarse en lo más profundo de la intimidad de los personajes y situarlos —a ellos y a su experiencia— en una visión global y planetaria de la realidad. En este sentido, El río es la más rosselliniana de las películas de Renoir. Gracias a un guion refinado y sólido que une con una maravillosa fluidez un gran número de elementos dispares, la película sitúa su discurso en múltiples niveles: sentimental, familiar, social, racial, filosófico, espiritual y metafísico. Del mismo modo, los espacios en los que se desarrolla la historia van de lo más íntimo a lo más cósmico: el corazón de Harriet, la familia inglesa, las orillas del río y el río mismo, la India y el mundo. En todos sus aspectos, la película es un homenaje al esplendor de las apariencias, a la sabiduría de la vida y a la unidad del gran Todo. En relación con esta unidad, el individuo, en su interior, en su historia personal, puede sentirse separado, exiliado, pero se trata de una ilusión peligrosa que debe desaparecer y ceder el paso al reconocimiento del equilibrio superior de los ciclos vitales, ante una aceptación del orden natural de las cosas y de la coherencia del universo. El consuelo supremo proviene, a ojos de Renoir, del hecho de que en el universo la parte es tan importante como el todo, es realmente, en su humilde medida, el todo; y esta convicción se reforzó en él durante su estancia en la India. La ambición filosófica de la película encuentra su correspondencia en el minucioso éxito estético de su realización. La distancia entre los actores (profesionales o no profesionales) y los personajes que interpretan se reduce, por así decirlo, a cero en El río. ¿No es ese el sueño de todo director? Lo documental y lo ficticio se entremezclan en la narración y recrean a nivel formal esa unidad que la película propugna a nivel metafísico. En cuanto a la fotografía de Claude Renoir, considerada con razón, junto con la de La carroza de oro, como una de las más memorables de la historia del cine, encarna en sus matices y su riqueza el propósito del autor, la gratitud que siente hacia el universo y la perfecta serenidad a la que se propone alcanzar.

BIBLIO.: comentario de Renoir sobre su película en una entrevista para «Cahiers du cinéma» n.º 35 (1954), recogido en el volumen Jean Renoir: «Entretiens et propos», Éditions de l'Étoile - Cahiers du cinéma, 1979. Véase también Jean Renoir, «Ma vie et mes films», capítulo 45, Flammarion, 1974. A propósito del color en El río, Renoir escribe: «La vegetación tropical ofrece una gama limitada de colores: los verdes son realmente verdes, los rojos son realmente rojos. Por eso Bengala, como muchos países tropicales, es tan propicia para la fotografía en color. Los colores no son vivos, pero tampoco están mezclados. Su ligereza recuerda a Marie Laurencin, a Dufy y, me atrevo a añadir, a Matisse. (...) Durante el rodaje de El río, perseguimos los tonos apagados. Lourié [el decorador] llegó incluso a hacer repintar de verde el césped de una de nuestras escenas. Nada escapaba a nuestra inspección: las casas, las cortinas, los muebles y la ropa. En cuanto a esta última, fue una tarea bastante fácil: a los indios les gusta la ropa blanca, ese color idealmente sencillo. Por supuesto, el río en sí escapaba a nuestro control, por lo que ajustábamos los primeros planos en relación con los fondos».

Jacques Lourcelles

"Dictionnaire du cinéma - Les Films"

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