The Hanging Tree (Delmer Daves, 1959)

La obra de Daves, cuya riqueza hasta ahora ha sido insuficientemente estudiada, es una obra bisagra en la historia del cine estadounidense. Se sitúa entre los grandes pioneros de Hollywood (DeMille, Ford, Dwan), con quienes a veces comparte el rousseaunianismo, el clasicismo o la generosidad de inspiración, y los revolucionarios de la posguerra (Aldrich, Mann, Ray, Fuller), de quienes es contemporánea y a los que en ocasiones se acerca mucho por las innovaciones y las conmociones que introduce en los hábitos y en las viejas tradiciones hollywoodienses. Revolucionario más tranquilo que Aldrich, Mann y los demás, pero no menos obstinado, Daves maltrata los géneros tanto como un Ray o un Fregonese, pulveriza el maniqueísmo tradicional y, a través del desorden formal que su naturaleza bullente y fecunda siembra un poco por todas partes, renueva profundamente el cine de Hollywood. (Justo después de El árbol del ahorcado, incluso se inventará un género para él solo, una nueva modalidad de melodrama social, colorido y barroco —cf. A Summer Place y la serie que de él se derivó—, consagrada a los problemas de la juventud y a sus relaciones con los adultos.) Se siente particularmente a gusto en el western, género que ha estudiado, tratado e ilustrado como un erudito y como un historiador tanto como como un poeta. El árbol del ahorcado, la penúltima de sus diez incursiones en el género, representa en cierto modo la suma insólita y a veces barroca de su aportación. La mayoría de las películas de Daves (filmes de guerra, cine negro, westerns) tienden más o menos, por uno u otro de sus aspectos, a convertirse en melodramas. Esta no escapa a la regla. Su heroína, maltratada por el destino, abandonada, sola en el mundo, provisionalmente ciega, dominada por un sentimiento de devoción y amor hacia su benefactor, es un personaje puro de melodrama. El melodrama representa para Daves el género que, entre todos, promueve las emociones de los personajes, más importantes a sus ojos que la conducción rigurosa de una intriga. Los movimientos de grúa que le gustan y que a menudo no guardan relación lógica e inmediata con la intriga magnifican esas emociones que, a su vez, como relevo, sirven para hacer que el espectador comulgue con el paisaje. El lirismo de la cámara busca expresar con la misma intensidad las emociones de los personajes y una visión panteísta de la naturaleza, poéticamente acorde con esas emociones, las cuales poseen en el plano moral un valor purificador en sí mismas y emanan de personajes que en absoluto son simples de entrada y que a menudo son incluso ambiguos. Este es otro de los aportes de Daves, enemigo jurado del maniqueísmo. El personaje de Gary Cooper es aquí a la vez heroico y diabólico, un poco monstruoso y muy vulnerable. Su pasado misterioso está lleno de secretos, como el de un héroe de Anthony Mann. Pero, más barroco que Mann, Daves se complace en no aclararlo nunca del todo. Al contrario, multiplica las contradicciones en su psicología —generosidad y autoritarismo, abnegación y carácter posesivo— con el fin de hacer caer las certezas morales del espectador. Porque las películas de Daves, a menudo documentales, tienen también un objetivo pedagógico: abrir los ojos del espectador, poner en cuestión los prejuicios y las ideas preconcebidas. Debut espectacular de George C. Scott en un papel de curandero y predicador enardecido; su personaje, marginal pero esencial, tiene la misión de encarnar en la intriga aquello que Daves detesta más que nada en el mundo: el fanatismo, antesala de la violencia, la locura y la muerte.

Jacques Lourcelles

“Dictionnaire du cinéma – Les Films”

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