The Fountainhead (King Vidor, 1948)
Inspirada en la vida y la obra de Frank Lloyd Wright, esta
adaptación de la novela de Ayn Rand es sin duda la película más significativa y
más personal de Vidor, aunque no necesariamente la más convincente. Su
principal audacia radica en que Vidor utilizó deliberadamente este material
biográfico y novelesco para construir no una novela ni un drama, sino una
alegoría filosófica, un poema abstracto en el que cada personaje representa una
idea, una entidad, encarna un valor o un no-valor dentro del credo vidoriano.
Wynand representa el poder ilusorio, la no creatividad: cree manipular a las
masas cuando en realidad es manipulado por ellas. El crítico Toohey representa
la demagogia intelectual y política que necesita una impersonalidad, una
uniformidad colectivas para asentar su poder. Dominique representa, por su
parte, otra aspiración ilusoria y peligrosa: la búsqueda de la libertad
absoluta que la lleva a querer destruir en sí misma el amor y la admiración,
que son nuestros vínculos naturales con el mundo. Al personaje de Roark le
corresponde el papel capital de representar al creador independiente, en cuya
acción se encarnan las fuerzas vivas del universo. Es a través de él como Vidor
ha construido su elogio —más metafísico que moral— de la integridad, del
individualismo y de un orgullo que devuelve al hombre esa chispa divina por la
cual se siente superior a toda materia. Solo este individualismo divino es
capaz de servir a la sociedad, a la multitud, mientras que toda otra forma de
poder se sirve de ellas y las somete. Así vemos el orgullo criticado en
Dominique como negativo y destructor, y elogiado en Roark por su carácter
creativo. Este combate de abstracciones, este enfrentamiento de titanes, Vidor
quiso representarlo en un estilo declamatorio y solemne, al borde de la
grandilocuencia. Paradoja: este poema en honor del individualismo se preocupa
poco por describir individuos; esta evocación de un erotismo «más grande que la
vida» que une a los dos protagonistas tiene muy poca intensidad carnal. También
porque Vidor situó la acción en decorados inmensos, geométricos y helados.
Aunque vestidos con traje y atuendos modernos, los personajes que se mueven en
ellos se parecen más bien a héroes bíblicos o a faraones del Antiguo Egipto.
Una cierta asfixia reina en todo el relato: la multitud de ciudadanos
corrientes, en juego en estos combates titánicos y que Vidor sabe, cuando
quiere, describir admirablemente, está totalmente ausente.
Jacques Lourcelles
“Dictionnaire du
Cinéma – Les Films”
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