Lumière d'été (Jean Grémillon, 1943) II

¿Por qué esta película no acaba de funcionar? Hay razones evidentes, a nivel del guion: el inquietante maniqueísmo entre el mundo del trabajo y el de los ociosos, unos diálogos llenos de simplificaciones (aunque también con réplicas espléndidas cuando se refieren a los personajes secundarios), una interpretación poco acertada (sobre todo la de Madeleine Robinson, afectada y quejumbrosa. Madeleine Renaud, innecesariamente naturalista. Pierre Brasseur, demasiado a la última, con muecas y mezquino, la voluntad de situar el pequeño mundo de la posada en el siglo XVIII, de ahí el baile de disfraces y la farándula, los Hamlet, las Ofelias, etc.). Pero no, esas no son las verdaderas razones, porque Jacques Prévert y Pierre Laroche han construido su edificio sobre un universo desajustado. Intentan desmontar los engranajes de una máquina (la sociedad) que se atasca sin cesar, que grita sus fallos, al tiempo que los asumen: así es la vida, al fin y al cabo, ¿por qué no? La desolación, y luego la resignación. Y luego la rebelión de los puros, aquellos que por fin se han encontrado y van a dar la espalda a toda esta podredumbre. Prévert y Laroche han estudiado meticulosamente estas piezas, las han laminado, enderezado, pulido, pero nada sirve. Porque el problema radica esencialmente en la puesta en escena. Jean Grémillon no domina lo suficiente el espacio. Parece perdido en medio de todos esos energúmenos que se dispersan, intentan huir de él, cuando, como el grillo de Vincent, están encerrados en la jaula del guion. Grémillon se debate, no sabe a quién ni a qué dar prioridad, sin duda por honestidad, pero también por impotencia: se ve desbordado a la vez por la jerga del texto, la incoherencia de las situaciones y la disparidad de los actores. El papel de Michèle estaba escrito para Michèle Morgan. Ella se marchó a Estados Unidos. Grémillon rodó su película con una debutante (Évelyne Volney, a quien volvemos a ver en Falbalas) a la que eligió porque era el vivo retrato de Morgan. ¡Catástrofe! Hubo que volver a rodar todas las escenas, con Madeleine Robinson. Y, tal vez, la película sea ante todo el reflejo de esa decepción, la confesión de un sufrimiento. Quizás esté compuesta únicamente de algunas heridas y cicatrices aún más dolorosas. Así, se comprenden mejor los miserables planos y contraplanos, los planos generales sin estructura, los esfuerzos que se adivinan en el momento de la pieza de bravura que constituye la fiesta de disfraces. Marcel Levesque, Léonce Corne, Jane Marken, Blavette, Amos y Georges Marchal escapan, por su sencillez o su poesía natural, al naufragio. Paul Bernard, por su parte, domina la interpretación con su dignidad, su inteligencia y, sobre todo, la extrema complicidad que tiene con los autores. Es el único tropiezo de un cineasta exigente cuya fragilidad es, sin embargo, su principal baza.

Paul Vecchiali

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