Delmer Daves
Es, ante todo, el pintor de Estados Unidos. Desde Broken Arrow hasta Youngblood Hawke, pasando por Return
of the Texan, es toda la evolución de los Estados Unidos la que describe
con una sensibilidad casi exacerbada. La ternura que manifestaba hacia los
indios en la admirable Broken Arrow
es la misma que hoy le lleva a describir a la juventud estadounidense (Parrish, Rome Adventure, etc.). Su talento y la fuerza de su expresión
provienen del amor y la estima que profesa a sus personajes. Debra Paget en Broken Arrow y Bird of Paradise, Constance Smith en Treasure of the Golden Condor o Felicia Farr en Jubal: tantos rostros femeninos cuya
belleza reside en el amor que Daves les profesa. Cuando describe a los hombres,
los estima: de ahí la fuerza de sus caracteres (Youngblood Hawke); cuando estos hombres se enfrentan, lo hacen
siempre con nobleza. Chandler le dice a Stewart, en Broken Arrow: «Quizás un día me mates, quizás yo te mate, pero
nunca nos despreciaremos».
La profunda verdad de su puesta en escena le permite lograr
con igual facilidad una evocación histórica (Demetrius y los gladiadores), un western (Broken Arrow, Drum Beat)
o una película moderna (Parrish).
Incluso sus películas más comerciales revelan, mediante un diálogo o la fugaz
belleza de un plano, que, tras la cámara, se encuentra un hombre y no un técnico; por ejemplo, la extraña réplica de Hollywood Canteen: Joan Leslie:
«Escuche, un avión». Robert Hutton: «No, es mi corazón». Allí donde el ridículo
habría acabado con cualquier otro cineasta, la sensibilidad de su puesta en
escena convierte a Daves en el más conmovedor. Sus melodramas sobre la juventud
moderna conmueven por su verdad y su sencillez. Cuando Richard Egan le dice a
Sandra Dee, en A Summer Place:
«Nuestra gran razón de vivir es amar y ser amados; es nuestra única razón de
existir», es realmente Daves quien habla a través de él: de ahí la asombrosa
belleza de sus escenas de amor (Donahue y Sharon Hugueny en Parrish, Geneviève Page quitándose los
pendientes en Youngblood Hawke).
El manierismo de sus últimas películas desconcierta en un
primer momento y choca por su aparente gratuidad (los movimientos de grúa de Parrish o, sobre todo, de Rome Adventure); pero es desconocer (o
conocer mal) a Daves quedarse con esa idea. Los colores líricos de algunas de
sus primeras películas (Bird of Paradise,
Treasure of the Golden Condor) no
eran en realidad más que el preludio. Lo que antes expresaba de forma puramente
plástica en el estilo de la Fox de la época, ahora lo crea en la Warner. El
onirismo de Bird of Paradise
encuentra entonces su réplica moderna en Youngblood
Hawke, o en su segundo western (la secuencia en el bosque de abedules de Jubal, cuando Felicia Farr se despide de
Glenn Ford). La nostalgia de Return of
the Texan era el puente ético y estético tendido entre los Estados Unidos
de ayer y los de hoy, e incluso los de mañana. Precisamente en eso reside su
humanismo: haber buscado al hombre bajo el pionero y al amante bajo el
adolescente.
Patrick Bureau
En “Dictionnaire du cinéma” (Editions universitaire – 1966)
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