Toni (Jean Renoir, 1935)

Todo es falso en esta película: el acento de Blavette (un actor notable, por cierto), una puesta en escena que pretende ser discreta pero no deja de manifestarse a destiempo y sin sentido, la reputación de preneorrealismo, totalmente usurpada (se rumorea que Renoir abrió las puertas a los italianos, cuando en realidad Baroncelli y, sobre todo, Hugon ya habían filmado con mayor honestidad exteriores en directo, captando con justeza los paisajes provenzanos). La supuesta división política en la obra del Patron: tonterías, el maniqueísmo es omnipresente, mientras que en La Marsellesa se evita constantemente. Producida por Pagnol el mismo año que Angèle (una verdadera obra maestra, esta sí, con un enfoque sincero del sur y sus tradiciones), Toni vive de las apariencias: los problemas de la emigración. Si hay un emigrante aquí, es, ante todo, el propio Renoir, intentando inmiscuirse, con la torpeza de un hipopótamo, en un universo que le resulta ajeno de principio a fin. La escena en la que el gendarme sorprende a Toni hablando en voz alta (¿y por qué demonios, Dios mío?), mientras le pone el revólver en las manos a Albert (el siniestro Max Dalban, que actúa tan mal como el propio Renoir), al que acaba de insultar, es de un ridículo definitivo, aunque no intencionado por el autor. El giro impuesto al guion (al final, llegan otros inmigrantes —ya es mucho— y Delmont le dice a Blavette, ya muerto: «Cuando pienso que hace tres años, tú también…») añade didactismo y autosatisfacción al maniqueísmo. Y luego dicen que Renoir eliminó lo pintoresco: ¡pero no hay más que eso, secuencia tras secuencia! Basta ver la huida de Andrex tras el asesinato de Albert, el discurso de Marie (Jenny Hélia, sublime por otra parte), los diálogos de las peleas… verlo todo, absolutamente todo, y compararlo con Angèle o La Fille du puisatier. Aquí, Renoir y la grandeza son incompatibles. Pagnol, en cambio, la vivía a diario. Y si Max Dalban actúa como Renoir, quizás sea porque es su portavoz. Y sin embargo… sin embargo, la emoción asoma a veces: cuando no es groseramente forzada por Renoir (¿astuto como un Renoir?). Asoma gracias a Blavette y a Jenny Hélia, a Delmont (en un personaje convencional, sí, pero que la película no intenta edulcorar). A menudo dan ganas de apartar la cámara, de decirle: «Déjelos en paz, toda esta gente no necesita su mirada». Añádase a esto que Celia Montalván no tiene ninguna gracia y que actúa tan mal como su marido de película. Una película que uno querría amar… pero sería injusto.


Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

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