Remorques (Jean Grémillon, 1941)

Puedo verla doscientas veces; en cada proyección, me conmueve, me sorprende, me desgarra, me enriquece. ¿Qué puede haber más simple, en apariencia, que la historia del marinero André Laurent, patrón de un remolcador, que vive entre el mar y su mujer, la frágil Yvonne? ¿Qué hay más trivial que una pareja unida que se deshace por desgaste? ¿Qué hay más banal que una aventura extramatrimonial? Sí, André conoce a Catherine, llegada con la tormenta mientras él enganchaba un barco a la deriva. Y todo cambia. Pero el Destino acecha: Yvonne muere, Catherine se marcha. Desde los reflejos de luz en el agua hasta las invocaciones finales que arrastran a André hacia su barco para volver a zarpar y salvar otros navíos, la película no deja de ascender, plano a plano, sonido a sonido, latiendo en las alturas, latiendo como late un corazón, incluso fatigado, incluso desgastado hasta el punto de no poder ya cumplir su función. Como el corazón de Yvonne. ¿Realismo? Se ha dicho mucho. También que se trata de la historia de un hombre sencillo atrapado en el sueño. Demasiado fácil. Catherine es el secreto de la película. Tres hipótesis para ese personaje, y Grémillon no privilegia ninguna. Es el reflejo de lo que fue Yvonne cuando André la conoció y se enamoró: pero si Yvonne siguiera viva, ¿hacia quién se orientaría el porvenir de André? O bien, es una figura virtual: amenaza permanente de un destino burlón que se divierte con la concepción demasiado simple que André tiene de la vida. Aparición, desaparición, como las sombras de las nubes sobre la arena cuando sopla el viento. O incluso, sé que esto va a escandalizar, Catherine no es una mujer, sino un hombre. «Solo amas lo que (quienes) se te parece(n)», le dice su esposa. A Catherine, él le confiesa: «Todo lo que amaba antes ya no cuenta». La coherencia de estas frases funciona en una primera lectura, pero, aun así, con Yvonne muerta, ¿qué impide que André, con el tiempo, viva con Catherine? Nada, salvo que se trate de una relación “anormal”. Remorques es una película de amor sobre el Amor, profunda, violenta, cruda. Los sentimientos se expresan frontalmente, con un único matiz: una poesía sarcástica que denuncia la desgracia desafiándola. Detrás, no muy lejos, vibra una suerte de ópera donde se instala la Parábola, naturalmente sostenida por la música, y que se articula en torno a un tema profundamente original: la Llamada. La película se abre con un centelleo: la luz tiembla en el agua, todo está en calma. Si la música muerde esas imágenes, es, en principio, para contrariar ese titubeo con la fiesta. La Fiesta: boda en la que se dice claramente que el marinero tiene dos mujeres. Una a la que se protege y cubre, pasiva y paciente. La otra, el Mar, activa y exigente. Una que espera. La otra, que no puede esperar. El marinero vive entre ambas, retenido por una, llamado por la otra. La llamada, por tanto, es ese “otro”, es también el trabajo potencial (nada es simple con Grémillon). Ir hacia el mar es asegurar la supervivencia material de una engañándola con la otra. Y es, en efecto, del mar de donde llega Catherine. Del mar y del Infierno. Cuando decide abandonar el barco en peligro y a su marido, suena una sirena perfectamente sincronizada con lo que está ocurriendo, pero aquí la parábola y la anécdota juegan la una con la otra… El canto de las sirenas… Juego de palabras, juego de espejos donde se reflejan el agua y los sentimientos, donde las llamadas son a la vez míticas y realistas, románticas y funcionales. Fuera del relato, los planos insistentes que muestran el trayecto casa-mar recuerdan a Gabin que ese lazo entre una y otra (mar-mujer) es tenue, pero obstinado. Mientras el Mar, el Infierno y Catherine reclaman a Gabin, la Muerte reclama a Madeleine Renaud. La pareja que se nos presentó como ejemplar se ve desgarrada entre esas representaciones: Mar, Muerte, Amor. Aliteración sintomática que encierra sus propias contradicciones. El mar, fuente de vida. La muerte, cara oculta de la vida. El amor, que sostiene y engendra la vida… Los signos aún son sutiles, afectan tanto al sonido como a la imagen: contraluz violento y doloroso donde se mezclan agua y fuego. Iluminación de Morgan y su sonrisa en un trueno donde la belleza exacerbada se torna de inmediato en amenaza… El sonido de los tacones en la villa vacía… El timbre del teléfono… Tantas músicas premonitorias que no proceden del Destino, pero suenan como una tragedia depurada, aunque brutalmente devastadora. Grandiosa oposición entre el mito Gabin-Morgan, la Sirena y el Marinero, y el día a día: él, que se aburre pero lo entiende todo; ella, que se aburre y muere (Ledoux y Renaud). Lo cotidiano finge imponerse (¿Muerte, dónde está tu victoria?). El cielo evoca a la Mujer. El Mar (o el Infierno), al Hombre y al Olvido, Catherine. Las olas entonan la Oración de los Muertos, ahogan el corazón del marinero, las gotas en el parabrisas resbalan como lágrimas por el rostro de Gabin. El trayecto de nuevo que llama, llama, del Mar a la Casa, de la Casa al Mar, apenas unos segundos (en ambos sentidos), zarandeados, sumergidos en el agua y las plegarias: lucha crucial entre el Cielo y el Infierno que se disputan un alma. Y los centelleos regresan, ilusiones o espejismos. Entonces uno se pregunta por los primeros planos: ¿los atraviesa realmente la música como se ha dicho antes? ¿O, quizá, son las imágenes las que invaden la Fiesta y la amenazan con su luz suave y venenosa? Imágenes, sonidos, músicas, decorados, movimientos de cámara, luces específicas para cada secuencia, dirección actoral al milímetro, con una síntesis perfecta y a la vez palpitante de todos estos elementos de la puesta en escena… ¿Qué más se puede pedir? Con esta sola película, Jean Grémillon habría merecido tener a todos los productores a sus pies. En cambio, los tuvo encima, empeñados en ignorar al único cineasta francés totalmente digno de su oficio. ¡Vergüenza para ellos!


Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

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