Max Linder, el último "boulevardier"
Hijo de una familia de viticultores bordeleses, Gabriel Maximilien Leuvielle había comenzado sobre las tablas en Burdeos, donde, respetando el deseo de su padre de no ver su apellido deshonrado por un «saltimbanqui», adoptó el seudónimo de Max Linder. Trasladado a París en 1904, suspendió en tres ocasiones el examen de ingreso en el Conservatorio, al tiempo que iniciaba una modesta carrera como actor de bulevar que le valió ser contratado ya en 1905 por Ferdinand Zecca. Así lo vimos por primera vez en pequeñas cintas rodadas probablemente por Louis Gasnier, como la Première Sortie d'un collégien (1905) o les Débuts d'un patineur (1906), esta última con la reputación, quizá usurpada, de haber inspirado Charlot, patinador, filmado en 1916 por Charles Chaplin. Pues si Max Linder influyó sin duda en Chaplin, fue por sus películas posteriores. Tuvo que esperar algunos años antes de imponer su personaje de dandy de boulevard, bromista, galanteador de hermosas mujeres hasta el punto de cometer las mayores locuras por una tobillera arrancada a la pudicia de su dueña, pero también sentimental, deportista, espadachín y muy puntilloso en cuestiones de honor. La marcha de Deed a Italia y, sobre todo, la de René Gréhan, creador del aristocrático Gontran, a la empresa rival Éclair, dejaron un vacío que supo llenar de inmediato con su sombrero de copa reluciente, sus guantes color mantequilla, su bastón de puño de plata y su bigote finamente recortado. A partir de 1909, Linder alcanzó una popularidad deslumbrante, hasta el punto de ser calificado, en la publicidad de la casa Pathé, de «rey del cinematógrafo», título que nadie, en verdad, le habría discutido y que el exigente Louis Delluc le ratificó proclamando: «Max Linder es el gran hombre del cine francés». Hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial rodó cerca de 150 películas, la mayoría de las cuales lamentablemente se han perdido; «Yo era a la vez autor, intérprete, director y vestuarista. En el metro, camino de los estudios, iba desenrollando la bobina de las ideas. Solo había que atrapar el extremo del hilo. Cuando tenía el extremo del hilo, tenía toda la película. En los estudios contaba mi guion, lo vivía, lo explicaba. Ensayábamos una vez y rodábamos. No era más difícil que eso».
Películas como Max victime du quinquina (1911), Max en convalescence (1911), rodada en su Burdeos natal, Max et sa belle-mère (1911), para la que se llevó a actores y técnicos a las laderas nevadas de Chamonix, Amour tenace (1912), Max et Jane veulent faire du théâtre (1912), junto a su habitual compañera Jane Renouardt, Max pratique tous les sports (1913) o le Duel de Max (1913) son, en realidad, auténticas pequeñas comedias cinematográficas que, pese a su carácter profundamente burlesco, siguen sorprendiendo por su acierto psicológico y social, y por su inventiva argumental. Aprovechando cualquier recurso, utilizando con oportunidad los decorados más variados según sus viajes y su inspiración, dejando fluir su afición por la esgrima y los juegos atléticos más arriesgados —hasta enfrentarse a un auténtico novillo en las arenas de Barcelona para Max toréador (1913)—, Max Linder tuvo además el insigne mérito de inmortalizar un tipo nacional a un tiempo heroico y bufón, probablemente desaparecido en los mataderos de la Gran Guerra. En vísperas del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, había hecho fortuna: su caché anual pasó de 150.000 francos en 1911 a un millón al año siguiente. Gravemente afectado por una neumonía mal tratada durante la primera batalla del Marne, donde servía como conductor, Max Linder se recuperaba con dificultad en un hospital cuando, en 1916, fue contratado por Essanay —que Chaplin acababa de abandonar para pasar a Mutual— y partió a la conquista de una América que, por lo demás, ya le era favorable de antemano. La experiencia no fue, sin embargo, concluyente, pues Max Linder estaba lejos de haber recuperado plenamente sus facultades físicas, y pronto quedó en nada: tras rodar para Essanay, en 1917, tan solo tres películas —Max Comes Across, Max Wants a Divorce y Max in a Taxi— de las doce previstas, regresó a Europa para ingresar en un sanatorio suizo. La carrera de Max Linder no estaba rota por ello, y el armisticio del 11 de noviembre de 1918 supuso para él el alba de un regreso glorioso. Le quedaba aún mucho por decir, y lo diría.
Michel Marmin
“Une histoire du Cinéma Français” (Ed. Claude Beylie; Larousse, 2000)
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