Los cómicos del cine francés (1908-1914)

Organizada por la Asociación Francesa de Investigación sobre la Historia del Cine y el Centro Nacional de la Cinematografía, en el marco de las «Jornadas de cine», que debían consagrarse alternativamente al cine mudo y al sonoro, la retrospectiva de diciembre de 1986 no optó por la vía fácil al proponer un programa de cortometrajes realizados antes de 1914.

Tres días para pasar revista a la producción cómica francesa entre 1908 y 1914 constituían casi una gesta. Basta un rápido vistazo para dar cuenta de la magnitud de la tarea. En su intento de enumerar todos los personajes que dieron origen a una serie de películas cómicas, Emmanuelle Toulet contabiliza ochenta y ocho figuras distintas, entre las cuales once mujeres, tres niños y dos perros (1). Para el mismo periodo, Aldo Bernardini solo individualiza en Italia cuarenta y una (2).

Era evidente que había que hacer una selección, selección que, conviene decirlo, estuvo en gran medida condicionada por la existencia de copias. Se solicitó la colaboración de numerosas filmotecas, y en primer lugar de las francófonas. Bruselas y Lausana no respondieron; Toulouse y los Archivos del Film de Bois d’Arcy aportaron diversos programas; en cuanto a la Cinémathèque française, abrió ampliamente sus colecciones e incluso mandó realizar copias para la ocasión. Entre los demás organismos consultados, la Filmoteca Española comunicó que no disponía de nada; el National Film Archive de Londres se mostró muy cooperativo y envió espléndidas copias en 35 mm (Calino, Rigadin, Onésime, Bout de Zan, etc.). En cuanto a Italia, si la Cineteca Nazionale no se movió, en cambio la Cineteca del Friuli, en Gemona, proporcionó títulos de Boireau, Rigadin y Bébé, así como una hermosa serie de Max Linder compuesta por películas clásicas y obras raras (única salvedad: se trataba de copias en 16 mm de calidad a menudo muy mediocre, el drama de la investigación en materia de cine mudo, donde a menudo solo se dispone para la proyección de contratipos de contratipos…).

Para volver a la riqueza de la escuela cómica francesa anterior a 1914, algunas evidencias saltan a la vista. En primer lugar, la supremacía de Max Linder. A su alrededor emergen personajes de relieve como Boireau o Rigadin. Algunos nombres más, como Calino, Onésime, Caza, y luego decenas de otros personajes de los que se sabe muy poco, tanto de su biografía como de su producción (habida cuenta de la desaparición de un gran número de películas).

Atendiéndose a lo que se mostró, el programa intentaba dar un espacio proporcionado a la importancia de los cómicos, aunque sometido al correctivo de la disponibilidad de las copias. Así, para varios comediantes, una breve muestra de una o dos películas apenas permitía hacerse una idea de sus cualidades: ¿qué pensar entonces de Bigorno, Billy, Casimir, Dranem (en el cine, claro), Gaëtan, Octave, Oscar, Zigotto, Caroline, Cissy y otras Madame Babylas, a las que una película de 1911, Madame Babylas aime les animaux, mostraba entregándose a efusiones frenéticas con un cerdito? Otras series muy interesantes dejaban al espectador un tanto insatisfecho, como la protagonizada por Léontine (una chiquilla insoportable) o, mejor aún, aquella en la que un pequeño personaje que responde al nombre de Little Moritz (su verdadero nombre era Maurice Schwartz) se desenvuelve en medio de situaciones cómicas, a imagen de las aventuras coloniales evocadas en Little Moritz soldat d’Afrique (1911).

Más consistentes eran los programas dedicados por separado a Boireau, Calino, Onésime, Rigadin, Caza y Jobard, estos dos últimos interpretados por el mismo comediante, Lucien Cazalis. La acumulación de estas películas provoca con bastante rapidez una sensación de repetición en la puesta en juego de unas formas cómicas necesariamente limitadas: grandes farsas, burlescos de platos rotos, de la persecución frenética, de la destrucción sistemática, como en un ejemplo entre cien, Rigadin dégustateur en vins (1912), donde el héroe devasta una bodega y termina sus libaciones escupiendo el vino sobre el objetivo de la cámara. Entre todos estos personajes, reservaré un lugar aparte para Boireau (también célebre en Italia, donde rodó numerosas películas bajo el nombre de Cretinetti; de su estancia en los estudios de Turín se llevó a su compañera Gribouillette, Valentina Frascaroli en la vida real). Boireau, más que sus colegas, dinamiza la sociedad dando muestras de una inventiva muy viva; además, quizá sea el único que a veces bascula hacia un humor del sinsentido. Así, en Les Incohérences de Boireau (1912), caza peces, pesca conejos, huye por los aires arrastrado por un chorro de agua y acaba clavando en una puerta un pato disecado bajo el cual escribe «Pathé Frères».

El problema de la repetición o del cansancio del público, así como la cuestión de la competencia entre las productoras (sobre todo Pathé y Gaumont), explican sin duda la proliferación de series y el recurso a intérpretes inesperados en este registro, como los niños: Bébé, Bout de Zan y Little Willy renuevan el género, ya sea caricaturizando el comportamiento de los adultos o entregándose a las travesuras tradicionalmente atribuidas a los «niños repelentes» (Boireau y Gribouillette, por lo demás, se disfrazan de niños para interpretar algunos de sus filmes menos logrados, como Boireau à l’école o Boireau et Gribouillette s’amusent).

En el panorama de las formas del humor antes de la guerra de 1914, conviene subrayar la aparición de una comedia de resortes más sofisticados, que apela a un entretenimiento más delicado. Léonce Perret, actor y director, es la figura clave de esta evolución. Léonce cinématographiste (1913) es una película elegante que utiliza ya los recursos del cine dentro del cine: se ve, en particular, un plató de los estudios Gaumont con una sesión de rodaje durante la cual el protagonista Léonce se cruza, al regresar a su camerino, con Onésime y Bout de Zan, otras estrellas de la casa. Léonce et les écrevisses (1913), además de estar notablemente fotografiada, es una auténtica comedia brillante: Léonce estropea una receta de cangrejos de río añadiendo ingredientes inapropiados a espaldas de la cocinera; pretextando una urgencia, se lleva a su mujer a cenar fuera, mientras que, quedándose solos en casa, los amigos del matrimonio enferman tras haber comido los crustáceos.

Queda por evocar, por último, la figura dominante del periodo, Max Linder. Con su aire aristocrático, Linder desentona dentro de una producción que suele buscar a sus protagonistas más bien en las capas inferiores de la sociedad o en la pequeña burguesía. Su puesta en escena siempre cuidada y su porte aristocrático le valen, en uno de sus clásicos, Max et le quinquina (1911), ser aceptado sin dificultad por los policías como comisario, general o marqués. En Max et sa belle-mère (1911), el joven esposo, su mujer y la suegra se marchan a practicar deportes de invierno, signo evidente de una gran holgura económica. Además de títulos bien conocidos como Max fait du cinéma (1910) o Max et son chien Dick (1912), algunas películas ponían de relieve facetas inéditas del cómico. Max soldat (1910 o quizá 1909) lo muestra enfrentado a las alegrías de la instrucción militar en un registro de comedia cuartelera que hará fortuna en el cine francés. El sorprendente Max joue le drame (1910) es un ejercicio maravilloso sobre el tema del actor que, a fuerza de meteduras de pata, trastorna el desarrollo normal de una representación. En Max au music-hall (¿1910?), asiste desde un palco a los distintos números antes de saltar al escenario y mezclarse con el espectáculo mediante malabarismos improvisados.

Para no provocar el cansancio inherente a la proyección continuada de cortometrajes, las veladas se dedicaban a largometrajes de los años veinte. Así pudieron verse L’Angoissante aventure (1920), de Yakov Protazanov; La Galerie des monstres (1924), de Jacques Catelain; Gribiche (1925), de Jacques Feyder; Le Reflet (1923), de Claude Mercœur, y Le Tourbillon de Paris (1928), de Julien Duvivier, sin olvidar dos sorprendentes mediometrajes, La Faute d’orthographe (1919), de Jacques Feyder, y un incunable, única concesión al sonoro, Les Affaires publiques (1934), de Robert Bresson (véase la nota de Françoise Audé en Positif, nº 311).

(1) Cf. 1985, boletín de la A.F.R.H.C., n° 1, septiembre 1986.

(2) Cf. Positif, n° 299, enero 1986.

Jean A. Gili

“Positif” nº 319 (septiembre 1987)

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