Lola Montès (Max Ophuls, 1955)

Esta película es una sucesión de milagros. Primer milagro: el asombroso logro formal en la armonía de colores y vestuarios, no debido solo al buen gusto, sino a la adecuación de la elección de estas armonías de una secuencia a otra, cada una evaluada en función de los estados de ánimo de Lola. Segundo milagro: la virtuosidad del encuadre con una cámara inquieta que sabe detenerse el tiempo de un suspiro. En tercer lugar, una banda sonora extraordinariamente rica, precisa en los primeros planos, sinuosa en los murmullos de las profundidades, con efectos de sonido, ruidos y diálogos entremezclados. Y además, una música obsesiva con tonalidades variables sobre un tema casi único. Por último, la imperturbable presencia de Peter Ustinov, cuya indiferencia apagada se cubre de emoción, de forma imperceptible y a ráfagas. Aún más, un guion de una audacia incomparable: al vértigo del presente, plasmado por los movimientos incesantes de los elementos del decorado, los accesorios o la cámara, se oponen a veces vacíos de aire que resaltan lo anodino de la realidad, magnificada y exaltada por la narración de Ustinov. ¡Qué valentía! Pero, para mí, es precisamente esa valentía, esa alternancia de brillante y mate, lo que repelió al público y desconcertó a parte de la crítica. Hay que desconocer mucho el arte del cine para hacerle a Ophuls un juicio de intenciones: el arte, en su esencia, es reflexión e inspiración antes de ser ejecución. Lo que se le ha reprochado a esta película es, sobre todo, no ser lo que se esperaba de ella. ¡Qué gran impostura! Tal vez haya otra razón para ello: el papel de Lola no estaba escrito para Martine Carol. Y sin embargo, ella está conmovedora, precisa, hermosa, matizada. Pero su sola presencia inducía a una película más amigable, simplista y despojada, incluso picaresca, al estilo de Christian-Jaque. Así que, volvamos a ver la película, pero deslizando en sobreimpresión el rostro puro, los ojos verdes soñadores o pícaros, los hombros perfectos, la cintura estrecha y las modulaciones inimitables de la voz de Danielle Darrieux, quien era la Lola imaginada por Max Ophuls. ¿Un cálculo de los productores? Entonces, mal cálculo, señores, el de destruir un sueño cuando uno se ha entregado al espectáculo.


Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

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