Les Misérables (Raymond Bernard, 1934)

PRIMER EPISODIO: UNA TORMENTA EN UN CRÁNEO
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Los hombros robustos de Harry Baur bastan por sí solos para justificar la personalidad de Jean Valjean. Desde el momento en que aparece, uno no puede sino creer en su historia. Es la fuerza tranquila de una película sin concesiones, cuyos encuadres oblicuos crean una especie de desasosiego que corresponde a esa “tormenta en un cráneo” que anuncia el título. Injusticia, en el sentido de justicia corrompida. Miseria, en el de explotación de los pobres. Deber, como misión encomendada a funcionarios obtusos incapaces de sopesar los pros y los contras. Ya en este primer episodio el camino está trazado: la desgracia golpea al azar, y sólo a través de la ocultación y la mentira, incluso del robo, se puede escapar de ella. Raymond Bernard pule sus encuadres hasta el punto de que uno acaba sin darse cuenta de que las verticales se derrumban, tan elaborada es la arquitectura de cada plano. Esta búsqueda del equilibrio, que podría parecer meramente estética, es en realidad la única forma de elevar el melodrama a la categoría de tragedia. Tragedia cotidiana que se esconde en los rostros, en los hombros o en el cabello ralo de Cosette y su boca desdentada. Florelle, sublime, no sobreactúa: es ira o impotencia, nunca miserable. El estudio está omnipresente en el film, lo que añade sensación de encierro y contrastes lumínicos sorprendentes. Harry Baur es gigantesco. Ni siquiera Gabin podría rivalizar con él. Sus silencios, sus cóleras, sus asombros mudos, su desesperación marcan para siempre al personaje y vuelven ridículos a todos los que intentaron sucederle. Una magnífica introducción para esta gran película.


SEGUNDO EPISODIO: LOS THÉNARDIER
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Este episodio funciona como una pausa. La emoción es más contenida. La maldad y la avidez de los Thénardier ocupan el primer plano y sofocan un poco la historia de amor entre Cosette y Marius, así como los sentimientos que Éponine, su hija, experimenta por el joven. Los planos son más largos, las verticales han recuperado su equilibrio. La fotografía es suave, menos contrastada, pero igualmente personal. En esta falsa calma, donde el único estallido de violencia es la agresión de Fauchelevent por los Thénardier, dominan dos impresiones: por un lado, la angustia de ver a Javert reconocer y perseguir a Jean Valjean; por otro, la luminosidad y frescura de las relaciones de Cosette con su padre o con su amante. Raymond Bernard somete su puesta en escena a estos dos ejes, adaptándola cada vez: encuadres amplios, travellings fluidos aquí; montaje agitado, encuadres descentrados allá.

En esencia, lo que más le preocupa es la dirección de actores. Orane Demazis es la vitalidad en persona. Su falsa fealdad desprende una ternura infinita bajo risas infantiles. La pequeña Gaby Triquet y el joven Émile Genevois (Cosette niña y Gavroche), encantadores y naturales, aportan mucho a la película sin parecer esos niños prodigio tan típicos del cine de la época. Vanel y Baur prosiguen su duelo con gran sencillez. Pero destacan sobre todo Marguerite Moréno y Charles Dullin, que interpretan a los malvados Thénardier con una modernidad asombrosa. Su actuación, sin excesos ni muecas prefabricadas, podría dar lecciones a los más grandes. Finalmente, Max Dearly compone con naturalidad a un anciano gruñón y aparentemente injusto cuyo corazón sangra con cada palabra mientras su boca escupe horrores.


TERCER EPISODIO: LIBERTAD, LIBERTAD QUERIDA
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Esta vez, la obra maestra es indiscutible. Virtuosismo en las batallas de barricadas, inteligencia espacial, cámara aérea, montaje seco y, sin embargo, sutil; música sin grandilocuencia pero magníficamente presente; movimientos de masas precisos y perfectamente rítmicos. Un verdadero logro. La emoción, que no se apoya en primeros planos innecesarios ni en toscos travellings frontales, alcanza aquí su cima. La muerte de Gavroche, luego la de Éponine, el suicidio elidido de Javert, el enfrentamiento fuera de combate entre revolucionarios y dragones, la travesía de las alcantarillas, todo ello es magnificado por Raymond Bernard, que no convierte ninguna de estas secuencias en alardes de virtuosismo. Arte supremo que nunca se disfraza de arte triunfal. Harry Baur, hay que decirlo, ha marcado el papel para siempre a lo largo de los tres episodios, pero es en este último donde resulta más impresionante: heridas reprimidas, ternura contenida por el deber, generosidad discreta, obstinación no en busca de redención, sino de dignidad recobrada. Expresa todo eso con miradas leves, con impulsos del cuerpo, con un sentido ajustado de la grandeza. El actor es inmenso, pero a esa altura, el hombre también debe serlo. Jean Servais, ayudado por una voz melodiosa, supera el lastre de su rol convencional (galán enamorado) mediante una discreción que no es incapacidad de actuar, sino contención. Charles Vanel, con su interpretación serena, se reserva para su salida. Con los brazos al cielo, se obstina en no comprender nada. La complejidad de las personas le sobrepasa y le hiere. ¡Con qué sutileza nos lo hace sentir! Y Josseline Gaël está realmente hermosa, lo que no le impide poseer un talento precioso. ¡Qué audacia, o qué inconsciencia, hace falta para intentar volver a hacerlo después de haber visto semejante monumento! De hecho, todos los remakes no hacen sino confirmar la grandeza y la dignidad de esta obra maestra de Raymond Bernard.

Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

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