Le Roman de Werther (Max Ophüls, 1938)

Desafiando la novela de Goethe, por la cual, sin embargo, sentía una gran admiración, Max Ophuls adapta la situación a los intérpretes elegidos y a las preocupaciones de la época. Así, el joven Werther se convierte en un hombre maduro que ahoga su pena en el alcohol y, desesperado, intenta hacer apreciar su poesía estéril a las prostitutas. Charlotte deja de ser un personaje etéreo, distante y gélido, refugiado en el amor a Dios. En cambio, es una mujer frágil, inquieta, dotada de una intensa vida interior, que se niega a Werther por honestidad y, cuando expone sus razones, lo hace con frescura y sencillez. Por otro lado, el decorado ya no sirve como mero telón de fondo para los héroes. Se convierte en la causa principal del vértigo que empuja a Werther hacia la alienación. La cámara, constantemente inspirada, no impone restricciones a los actores, describe con ternura exteriores magníficos y venenosos, y rastrea los indicios y luego los estremecimientos de la destrucción en el rostro de Pierre Richard-Willm (admirable, preciso, convincente), así como los estremecimientos del amor y los tormentos de la desesperación en el de Annie Vernay, luminosa y natural, cuya claridad adquiere a veces involuntarios y ambiguos reflejos de crueldad. Obra maestra incomprendida que anuncia una de las películas más grandes de la Historia del cine: Madame de...


Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

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