La Ronde (Max Ophüls, 1950)
Brillantísima y distanciada, jugando a la ronda como a la rayuela, con humor, desenfado y sagacidad, Max Ophuls ofrece a los espectadores y a los actores el regalo más sutil que se pueda imaginar. Una cámara elegante y cruel. Diálogos divertidos y profundos. Iluminaciones cambiantes, superpuestas a decorados teatrales mostrados y sublimados. Una devastación del realismo con la ironía de no reivindicar nada. Un vuelco en los valores morales donde la cobardía rima con decoro, la pobreza con burla y la fidelidad con desdén. Los actores, todos dirigidos en su mejor faceta, en ocasiones revelan, gracias a esta oportunidad, sus límites (Signoret y Barrault), su florecimiento (Miranda y Gravey), su técnica (Reggiani, Philipe, Walbrook y Gélin), su sutileza (Simone Simon y Odette Joyeux). Y Danielle Darrieux, sin esfuerzo ni artificios, domina este elenco embriagado de alegría, llevando al grado más alto una complicidad naciente con un universo y un autor.
Paul Vecchiali
"L'Encinéciclopédie"
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