La Grande illusion (Jean Renoir, 1937)
Cuántos elementos de seducción abundan en esta película universalmente celebrada, consensual y demagógica: la música de Joseph Kosma, especialmente inspirada pero compuesta después del rodaje, con lo que tiende más a ilustrar que a acompañar la bellísima luz de Christian Matras —en interiores; en los exteriores, en cambio, se nota el foco—; una construcción que dosifica con pericia las escenas de desahogo, las de emoción, los momentos filosóficos y las discretas escenas amorosas; una puesta en imágenes impecable (movimientos de masas, distribución de los cuerpos en el encuadre, inteligencia de cámara); y, por último, los intérpretes (Pierre Fresnay, que literalmente aplasta a sus compañeros de reparto: altivez asumida, pudor no obstante y un encanto omnipresente; Stroheim, un poco demasiado Stroheim, pero rebosante de humanidad; Dalio, falsamente tímido, con un orgullo soberano —¿el de una raza?—; Gabin, estrella número uno, ocultándolo modestamente bajo una interpretación totalmente interiorizada, situándose con una precisión y un desinterés ejemplares). Y luego la evasión, sinónimo de sueño para cualquiera, prueba de que la esperanza siempre es posible. Y, sin embargo, más allá de esas cualidades aparentes, las reticencias se acumulan poco a poco. En realidad, desde la recuperación de Douaumont. Los hombres, disfrazados, al enterarse de la noticia entonan el himno nacional después de desprenderse de sus pelucas de mujer. El verdadero valor hubiera sido mantenerlas. Pero un buen soldado debe ser viril, ¿no es cierto? Ya de entrada, un vals vienés se opone a “Froufrou”. Y enseguida vendrá toda una serie de observaciones pertinentes, de las que he aquí algunas perlas: «En resumen, quieres escapar para entretenerte»; «Por un lado, unos niños (los alemanes) que juegan a los soldados. Por el otro, unos soldados (los franceses) que juegan como niños»; «No sé quién ganará la guerra, si los alemanes o los franceses, pero supondrá el final de los Boëldieu y los Raffenstein». Todo —las intenciones de los autores— está sobreexplicado, y los personajes adoptan funciones de marionetas que solo abandonan para caer en el melodrama más cínico, como la muerte de Fresnay con Stroheim sacrificando la única flor de la fortaleza, un inocente geranio. La ambigüedad de la película no proviene de una voluntad deliberada, sino de una sucesión de torpezas en las que Renoir deja entrever su demagogia. No se corre ningún riesgo: ni en el sentido de la Historia, ni en la crítica de los hechos, ni, menos aún, en un estudio más subversivo de los personajes. En una película como esta, solo la sequedad habría sido un indicio de dignidad. Y es precisamente eso lo que más falta aquí: la dignidad.
Paul Vecchiali
"L'Encinéciclopédie"
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