La Bête humaine (Jean Renoir, 1938)

Es raro ver una película tan densa. Y sin embargo, es precisamente ahí donde Renoir comete sus errores: unos toques de infantilismo o, si se prefiere, de menudencias. Descartémoslos de entrada. La base de la novela es que Lantier tiene miedo de las mujeres, de enfrentarse a su vulnerabilidad, debido al Mal que lo corroe. Ahora bien, es únicamente Lison —su locomotora, a la que precisamente ha dado un nombre de mujer— la que le permite vivir un amor sin peligro. La célebre secuencia inicial, tantas veces citada como ejemplar, no nos transmite en absoluto la verdadera profundidad del amor que siente por su máquina. Es, pues, una escena eficaz a costa del personaje. Tampoco unos cuantos golpes de mano en el metal, puramente funcionales, logran contradecirme. Segundo fallo: Cabuche. Sin insistir en la pésima interpretación de Jean Renoir, el personaje queda abandonado en mitad del camino tanto por Lantier como por el propio Renoir (como autor). Y eso a pesar de que Lantier afirma con claridad: «Si lo acusan, no sé lo que haré, pero haré algo». Tercer fallo: esa grotesca secuencia del grueso tubo que arroja agua en un cubo mientras Séverine y Jacques hacen el amor, una vulgaridad incomprensible. Más adelante, cuando ya la historia entre Séverine y Jacques se ha entrelazado —y cuando ella ya empieza a distanciarse de él, como sabemos por qué ocurre—, Jacques viene a invitarla a bailar. Intercambian largas miradas. Suena entonces el vals «Le p’tit cœur de Ninon». Apenas comienzan a bailar cuando el montaje nos arranca del abrazo y nos lleva, en plano americano, al director de orquesta. Creo que no había que abandonar al par en ese instante; es precisamente aquí donde me refiero a una densidad que no se cumple. La emoción que emanaría de esos cuerpos girando —además, Gabin baila el vals como un dios— nos situaría frente a la verdadera naturaleza de su relación: su duración, la amenaza que se instala con sutileza… para retomar luego, sobre el cadáver de Séverine, la melodía del «Cœur de Ninon». El travelling hacia el reloj de Grandmorin, abierto, con, en profundidad, las piernas de Séverine muerta, no está a la altura de un gran cineasta. Y, por último, la frase de Carette — «Es la primera vez que lo veo con un rostro tan tranquilo»— en el desenlace resulta innecesariamente explicativa, y por tanto vulgar. A la altura a la que se sitúa esta película, uno tiene el deber de ser exigente. Porque todo lo demás posee una belleza estupefaciente, un sentido trágico realzado por una sencillez fatal. Jean Gabin y su mirada anegada de infancia. Simone Simon, la más perversa de las mujeres, envuelta en una pureza que nada podría mancillar. Ledoux, cuya desesperación callada sólo estalla tras la muerte de Séverine. Y Carette, sobre todo Carette: sutilmente humano, comprendiéndolo todo sin recurrir a la inteligencia, guiado por un instinto casi femenino. La luz de Curt Courant, sensible; la música de Kosma, de una riqueza que alimenta la película sin apartarla de su sobriedad —expresa únicamente lo indecible—. La atmósfera cargada (pero genial) de Zola se aligera considerablemente hasta reducirse a lo esencial: ese malestar vital que atenaza a Lantier y que, paradójicamente, lo vuelve más seductor. La imposibilidad de amar a Séverine la convierte en una mujer aún más deseable. Al enfrentarse el polo positivo y el polo negativo, sólo podían producirse chispas trágicas. Quizá nunca antes se había visto en la pantalla, al mismo tiempo, el choque de los cuerpos y el derramamiento de las almas.

Paul Vecchiali

"L'Encinéciclopédie"

Comentarios