Duel in the Sun (King Vidor, 1946) (II)

Duel in the Sun, junto a sus famosas películas de los años 20 (The Big ParadeThe CrowdHallelujah), es la obra más célebre de King Vidor.

En la base del proyecto —que se cuenta, aún hoy, entre las mejores recaudaciones jamás obtenidas en Hollywood— está David O. Selznick, en un intento más por repetir un éxito a la altura de Gone with the Wind. Selznick no escatimó esfuerzos ni dinero (ocho millones de dólares) en esta película rodada entre 1945 y 1946. Y, percibiendo cómo habían cambiado los tiempos en la posguerra ante lo que entonces se consideraba la osadía de ciertas películas europeas, alentó las audacias del director, sobre todo en el plano erótico. Fue incluso más lejos que Vidor, quien no vio con buenos ojos ciertos excesos del filme. “No sé” —dijo Vidor— “quién tuvo razón, si Selznick o yo. Desde el punto de vista del productor, con seguridad fue él. Comencé por cortar en el montaje cada vez que las cosas sobrepasaban los límites del buen gusto, al menos en mi opinión. Como no estábamos de acuerdo sobre las fronteras de la decencia, Selznick hizo filmar otras escenas por otros directores y mandó repetir planos que yo ya había filmado. Quien lo hizo fue mucho más lejos que yo”.

Pero Selznick pagó caro esa osadía. Si no fue, como ya se ha dicho, en la acogida del público (Duel in the Sun figuró durante mucho tiempo en la lista de las 20 mejores recaudaciones de Hollywood), sí lo fue en la de la Academia (que ignoró la obra para no chocar con las Ligas de Decencia que protestaban, sobre todo, contra la “obscenidad” del personaje interpretado por Jennifer Jones) y en la de la crítica. En general, esta fue bastante sarcástica respecto a la adaptación del libro de Niven Busch (en aquel momento un superventas), considerando que hubo “una pretenciosa aproximación wagneriana a lo que no pasaba de ser una historia de opereta”. El erotismo tampoco fue perdonado y Duel in the Sun fue rápidamente bautizada por algunos periodistas como “Lust in the Dust” (Deseo en el polvo).

Para terminar esta introducción histórica, conviene recordar que, además de Vidor, trabajaron en la película nombres famosos como Sternberg (que habría dirigido la secuencia del asesinato de Charles Bickford) o Dieterle (que habría dirigido la soberbia apertura de la película en el salón). El propio Griffith —se dice— habría pasado por el plató de Duel in the Sun, siguiendo el trabajo de la que fuera su actriz favorita: Lillian Gish. Pero no se sabe con certeza qué pertenece a unos o a otros. De lo que no hay dudas es de que, independientemente de colaboraciones ocasionales (pretexto para pasatiempo de cinéfilos en busca de estilos), la obra es de King Vidor, reflejando de cuerpo entero y de forma superlativa el universo del gran cineasta.

En primer lugar, cabe destacar el aspecto telúrico de este Duel in the Sun. Las pasiones de las que la película nos habla son eco de la violencia de los paisajes, y el exceso de la obra, tan injustamente criticado por algunos, es la correspondencia de ese mundo excesivo del cual brotan los personajes. Desde el fabuloso plano general del inicio, la voz en off establece el vínculo entre la leyenda de los dos hermanos y de la mestiza Pearl Chavez con el paisaje en que esa historia transcurre: el intensísimo sol, las rocas de arena, las piedras calcinadas, la flor del cactus. A lo largo de la película, esa íntima correspondencia siempre se subraya explícitamente. Por no hablar de la célebre secuencia final, bastará recordar el inicio de la pasión de Jennifer y Peck en torno a los caballos, la tormenta en la noche de amor de los dos protagonistas, el vínculo del matrimonio de Jones y Bickford con el nacimiento de los potros, la secuencia en que Gregory Peck doma al caballo y doma a Jennifer Jones, el baño de esta entre los nenúfares o la fabulosa cabalgada de Barrymore con sus hombres al encuentro de los constructores de la línea férrea, etc., etc. Ese aspecto telúrico de la obra, puntuada precisamente por planos generales sobre el paisaje que la van explicando más que cualquier análisis psicológico, encuentra la más asombrosa de las traducciones en el uso del color. No sería exagerado decir que Duel in the Sun es una de las más bellas películas en color de la historia del cine y en la que la paleta cromática asume el significado más importante. Nótense tan solo las diversas vestimentas de Jennifer Jones (el rojo, el amarillo, el verde, el púrpura y, por contraste, el vestido blanco de la noche del baile) o la oposición, basada entre el blanco y el negro, en el tratamiento cromático de los dos hermanos (en este aspecto, es particularmente notoria la secuencia del combate entre ambos, con Gregory Peck vestido todo de negro y con lazo rojo a caballo, y Cotten, a pie, vestido todo de blanco). Pero no solo los trajes y el decorado: el color parece “desbordarse” de unas secuencias a otras, estableciendo el vínculo que los cortes abruptos parecen separar, como se ve de forma flagrante en el plano de Barrymore teñido de rojo tras la escena de sangre entre los dos hijos.

Pero no es solo con la tierra donde las raíces de Duel in the Sun se implantan tan fuertemente. Más allá del espacio, funciona el tiempo, es decir, el vínculo con un pasado. La historia de Jones y los hermanos es solo la repetición más evidente de los dramas vividos por Herbert Marshall y su mujer india, o por Lillian Gish y Lionel Barrymore; esto es, por los padres de Jennifer Jones y por los padres de Cotten y Peck. Los crímenes o pasiones de una generación continúan en otra, insertando esta gran historia de amor sobre el tema del destino que las tres parejas del filme evocan explícitamente en las diversas muertes de la película. Como Jennifer le dice a Peck al final: “Tengo que hacerlo”, y Peck la entiende y asiente.

Otro gran tema de Vidor, el lirismo exacerbado, impregna esta obra de principio a fin y nos lleva a la comparación con la ópera o la opereta usada por la crítica de la época. Si bien el universo de Vidor tal vez no tenga muchas correspondencias con el de Wagner, parece difícil negar que lo que atraviesa esta película es la intensidad del drama lírico que recorre las grandes óperas del romanticismo italiano, de Verdi a Puccini. El sublime final solo encontrará correspondencia en el final de Aida o, para usar una comparación geográficamente más próxima, en el de la Manon Lescaut de Puccini. A las grandes historias de amor y muerte les conviene este arrebato forzosamente excesivo, que implica un dramatismo extremo y que en Duel in the Sun asume los más bellos acentos. Esta es una película de arrebato y pasión, filmada con un arrebato y una pasión que no son menores, e interpretada por actores que encontraron el tono adecuado para ese exceso. Sobre todo Jennifer Jones, “de quien el poder de la película brota como la sangre de una herida”, en la bella expresión de un crítico. De clímax en clímax, de exceso en exceso, este duelo explota al sol en la secuencia final que es, sin duda, una de las más intensas afirmaciones de amor no solo de la historia del cine, sino de la historia de cualquier arte.

João Bénard da Costa

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