CAUSAS PERDIDAS DE UN REBELDE CONFEDERADO

El título original de Yuma, de Samuel Fuller, es Run of the Arrow –la carrera de la flecha–: un ritual sioux, una Ley Sagrada que concede una oportunidad –a vida o muerte, pero una muerte digna, por la Flecha– en un corredor sin retorno, un escape agónico en el que el perseguido se juega la vida: y a veces, muy pocas, puede salvarse de la íntima Flecha del sioux que le persigue, y a veces, muchas veces, la carrera del perseguido termina en la muerte por la Flecha.

Pero un final es seguro para cualquiera que se entrometa e incumpla las reglas de la Ley de la Flecha: será condenado a un destino cruel y sangriento, a la certeza de un término implacable y atroz: un proceso de tortura hasta la muerte, despellejado vivo.

La Carrera de la Flecha es una ceremonia de los pieles rojas, reservada para dar una oportunidad al reo acusado de traidor, de renegado, de infiel: bien sea un confederado irlandés del Sexto de Voluntarios de Virginia, derrotado: bien sea un yanqui de casaca azul que ha impuesto el yugo de la Unión Estatal, el parto de los Estados Unidos y, después, sigue expansionándose imperiosa, imperialistamente, hacia el Oeste, hacia la confiscación del territorio de las naciones indias, de las siete tribus de los sioux.

Pero quien rompe la Ley de la Flecha no se salva de ser deshonrado y desollado hasta la muerte, sin distinción de sexo, de nación ni de color de piel, porque los sioux también desenmascaran y arrancan a tiras la piel roja de sus propios traidores.

Fuller fue periodista y pretende que cada secuencia de sus películas tenga el impacto de los sucesos de primera página de una crónica en cualquier día de guerra. ¿De qué guerra? De cualquier guerra. Incluida la guerra íntima, consigo mismo. Incluida la eterna guerra de los sexos, del amor y de las razas. Incluido el cine, porque para Fuller hacer cine consiste en librar una batalla, secuencia por secuencia, plano por plano, fotograma por fotograma... (Pasolini dijo que la vida no es sino un plano-secuencia, más o menos largo, que adquiere un significado sólo con el fin, con la voz "¡Corten!", con la muerte.)

Si los personajes del energético y vitalista Fuller tuvieran tiempo de escribir sus memorias (y no lo tienen, porque muchos son un museo deambulante y errático de formas de muerte, una fe de erratas garrafales y sin ninguna certidumbre), y los que sobreviven para contarlo tienen que proseguir a toda marcha, porque son personas, máscaras, personajes, motivos motivados por unos conflictos que les desgarran, energías motrices contrapuestas. Y si algún escaso personaje fulleriano hubiera tenido tiempo para escribir su autobiografía, tendría que titularla Automoribundia.

Porque el norteamericano Fuller, que ahora vive, o cabalga todavía, en París, sigue activo (al dirigir Forty Guns, en vez de dar la voz de "¡Acción!" después de dar "¡Motor!" a la cámara, sacaba un colt y disparaba al cielo); pues bien, este norteamericano torrencial y parlanchín –aunque no verborreico– tiene mucho de griego. Al final de Corredor sin retorno (la historia de un periodista que, para investigar un crimen cometido en un psiquiátrico, se finge demente y termina catatónico), Fuller cita a Esquilo: "A quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco". Los protagonistas y antagonistas fullerianos no saben –pero Fuller sí sabe– que agonía, en griego, quiere decir 'lucha'. Fuller es cronista de un mundo darwiniano, un mundo que es América, un mundo Monroe –"América para los americanos"– ¡Un mundo Monroe! ¡Demasiado Monroe! Y, así, América fue para los yanquis, los EE.UU.: y luego algunos pretenden que el mundo sea todo para América. Un mundo heredero del sueño americano (a veces, demasiadas veces, devenido y degenerado en pesadilla y en metáfora del capitalismo de los fundadores puritanos), un mundo hobbesiano donde muchas, demasiadas veces el hombre es lobo del hombre, el hombre es lobo de la mujer (y viceversa, como Dios manda): el blanco es lobo del negro, del indio, del mexicano y, así, América, la de Monroe, ¡demasiado Monroe!, la América de la Unión impuesta por el yugo yanqui vencedor de la guerra, ¡demasiada guerra!, la América, en fin, de los EE.UU., esa América, muy pronto, ¡demasiado pronto!, en 1898, sin ir más lejos, es loba en Cuba, en Puerto Rico, en Filipinas, suma y sigue, en Panamá después, y en Corea luego, y en Vietnam... Como Fuller pone en el final de Casco de acero, sobre la guerra de Corea: "El final de esta historia no ha sido escrito todavía".

Pero volvamos a Yuma, la película. Al principio aparece el título: Run of the Arrow. A continuación, los títulos de crédito. El último es: "Directed, produced and written by Samuel Fuller". Y después, cuando va a comenzar la acción, aparece un letrero, un titular: que nos advierte dónde y cuándo estamos: es el Domingo de Ramos de 1869, el 9 de abril. Y la localización es exacta: Appomattox (Virginia). Es el último día de la guerra civil norteamericana, la Unión Yanqui del Norte contra la Confederación del Sur.

La cámara sigue en travelling el lento paso de un caballo y un jinete derrengado. Es un teniente yanqui, Driscoll, que cabecea exhausto, el uniforme azul lleno de polvo y sucio: parece derrotado. Suena un disparo. El yanqui se desploma del caballo. Al fondo, arriba de una loma, entre unos arbustos, se ve la nube blanca de la pólvora. Detrás de los restos de una rueda de carro aparece una pequeña figura con fusil que desciende y se acerca, agrandándose, hacia el cuerpo del yanqui. Es un confederado, aún más sucio y harapiento. Antes de comprobar si el yanqui sigue vivo, O'Meara (Rod Steiger) le arrebata una pequeña bolsa de provisiones, la coloca en el pecho azul y sangre, y devora canino el pan del yanqui, como una bestia famélica y desesperada. Así son, sin duda, las guerras y el hambre y la infamia y la muerte.

Pero el teniente Driscoll no ha muerto. En la siguiente escena se le ve en la enfermería del campamento confederado. O'Meara, por algún oscuro motivo –habla de honor y honra–, no le ha dejado morir. El médico le extrae la bala. La guerra ha terminado y la victoria es de los otros, de los yanquis, del herido Driscoll. En la bala se inscribe: "Para el soldado O'Meara, que disparó la última bala de la guerra y erró el tiro". A partir de ahora, O'Meara llevará el casco de la bala en su garganta, pendiendo de un pequeño cordel.

Hasta que, al final de la película, O'Meara dispara esta última bala en la frente de Driscoll, no para matarle, que ya le están despellejando vivo los sioux, porque el teniente Driscoll ha traicionado las órdenes de su jefe, el capitán Clark, y ha traicionado a los sioux y, para colmo, ha roto la Regla de la Flecha, la Ley Sagrada de los sioux, asesinando al sioux traidor Lobo Loco, cuando O'Meara, que se ha hecho sioux, con el nombre de Yuma, y el jefe Nube Roja y Búfalo Azul han dado la oportunidad a Lobo Loco de correr la Carrera de la Flecha. Y, por eso, ahora, toda la sangre, el sudor y las lágrimas de aquella guerra civil, de esta guerra depredadora de indios y de todas las guerras habidas y por haber, inundan la carne viva del torturado yanqui, que grita como un cerdo, aúlla y berrea, alarido insufrible, insoportable: gime y llora como un recién nacido, el parto y la muerte se aproximan, y, por eso, O'Meara coge su fusil, carga la bala y dispara, por piedad, para que no prosiga la tortura del yanqui Driscoll, su enemigo, el objeto de su odio, el otro, él mismo, su semejante. Porque un hombre sin uniforme y sin piel no es ni blanco ni indio, ni del Norte ni del Sur. Es tan sólo un hombre ante la tortura y la muerte. Y la muerte es democrática y hace a todos iguales. O'Meara olvida el Norte Yanqui, el Sur Confederado, la rendición del general Lee ante Grant, a quien O'Meara quiso asesinar en Appomattox (Virginia). O'Meara olvida su alegría cuando se enteró de que el actor confederado John Wilkes Booth asesinó a Lincoln en un teatro y después gritó en latín: "¡Sic semper tiranis!". O'Meara olvida todo, el Norte, el Sur, el Oeste sioux. Tira la brújula de su odio y dispara. Para él la guerra civil ha terminado.

Pero la historia que Fuller nos propone no es sólo la de O'Meara-Yuma-O'Meara porque, al final, no aparece The End, como es costumbre, sino un letrero, un titular con el que acaba la película, donde Fuller advierte al espectador: "El final de esta historia sólo puede ser escrito por ti".

Antonio Drove

“Nickel Odeon” nº 4 (otoño 1996)

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